28.2.13
Alejandría arranca su novena temporada
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27.2.13
Genaro Press: crisis de identidad #12
Aunque tengo dos nombres, toda mi vida me identificaron por
el segundo. Es rarísimo que responda o me dé vuelta si alguien me llama por el
primero. Porque uno es quien es por cómo le dicen desde chico. Entonces, cuando
por algún asunto legal o formal tengo que usar mi nombre completo y alguien me
llama por el primero, me parece –y a veces me divierte creer– que soy otro.
(Genaro Press)
Publicado en Casquivana 5: www.casquivana.com.ar
26.2.13
"El caminante", de Hernán Ronsino y José Villamayor
El
caminante
Texto: Hernán
Ronsino / Imagen: José Villamayor
Como en un ritual, cerca de los quince años, mi padre
me dijo: “Ahora te toca a vos”. Un sábado a la tarde sacó el Falcon. Y salimos,
despacio, por las calles de tierra, buscando los caminos rurales que bordean la
ruta 30. Antes lo había hecho con mis dos hermanos mayores. Ahora me tocaba a
mí. La tarde estaba soleada. Pero en las cunetas del camino había un poco de
barro y agua de alguna lluvia reciente. Mi padre manejó en silencio durante un
largo rato. Cuando tomó el camino ancho que lleva al Fogón y, después de
cruzarnos con un sulky al que saludó, detuvo el auto. Y se bajó. Entonces, con
movimientos complejos, me senté frente al volante. Mi padre subió por la otra
puerta y me dijo: “Acordáte. Apretás el embrague y lo vas soltando de a
poquito”. Las palancas en el piso eran gigantes. Y no podía reconocer –con
claridad– cuál era el embrague y cuál el freno. Era un Falcon 64. Es decir,
cuando yo había nacido el auto hacía once años que andaba por el mundo. “Bueno,
dale”, dijo. Entonces, cuando quise acelerar, el motor se paró en seco. Después
de cuatro veces pude encenderlo –mi padre comenzó a ponerse nervioso–. Me dijo:
“Largálo pero despacito”. Y un sacudón brusco nos hizo corcovear. La dirección
estaba torcida y si no fuera por la intervención de mi padre –acomodando el
volante– nos íbamos de frente a una cuneta llena de agua. “Cuidado, despacito, ¿querés?”,
soltó medido pero con un tono de desesperación y bronca. El Falcon era un gigante.
Mi padre volvió a decir: “Lárgalo despacito”. Ahora el auto salió en marcha. Mi
padre, tenso, decía: “Bien, tranquilo, lleválo así”. El camino de tierra estaba
parejo. Me fui soltando y reconociendo el mando del auto. Ahora sabía cuál era
el freno. Lo único que no podía incorporar era la lógica del cambio. Todavía
eso era imposible. Mi padre movía, cada tanto, la palanca. Anduvimos así de
serenos durante unos cuantos minutos. Hasta me permití, incluso, contemplar el
campo. El cielo despejado. Pero la ruta 30 se nos vino encima. Y parados en la
banquina, mi padre aumentó la apuesta, dijo: “Dale, animáte, no viene nadie”.
Subí confiado. Andar por la ruta era un sueño. Una bandada de golondrinas
giraba encima del campo de Cura. Mi padre pensó en encender la radio, también hizo
un chiste. Así íbamos, distendidos. Hasta que por el espejo retrovisor comenzó
a crecer la sombra de un camión Scania. Avanzaba, cada vez más, sobre el Falcon.
“Te va a pasar”, murmuro mi padre. No dijo: nos va a pasar. Dijo, te va a
pasar. Y eso me puso más tenso. “Lleválo así –me decía– derechito. Lleválo así”.
El camión, antes de abrirse para pasar, tocó bocina. Yo tenía las manos tensas
sobre el volante. Y sentía de qué modo avanzaba esa sombra. Me inquietaba la
magnitud. Entonces, cuando el camión estaba a la par, pasándonos, no sé por
qué, apreté el freno y el Falcon tambaleó. Mi padre empezó a gritar. Se tiró
encima del volante. Y pudo contralarlo. Igual, casi terminamos hundidos en la
banquina. Después, nos quedamos en silencio, respirando, viendo de qué modo el
Scania se perdía entre los campos arados. Yo me hice una promesa –que aún hoy,
a más de treinta años de ese episodio, respeto religiosamente–, que esa iba a
ser la última vez que manejaba un auto. Así me fui convirtiendo, primero en el
pueblo, después en la gran ciudad, en una especie de flaneur o, como me llamaban los amigos de la adolescencia, en el
caminante.
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“Los galgos”, de Agustín Maya
Marisa do Brito Barrote
“Los galgos” es un cuento de apostadores, narra las desventuras de un jugador que busca salvar el pellejo apostando a su perro. Relato de deudas incumplidas, triunfos fugaces, trampas y pérdidas se desarrolla en un lugar inhóspito y frío del que todos quisieran escapar. La carrera, entonces, se convierte en ticket de salida, en bisagra, punto medio donde se articula la historia. Contribuyen a su clima los recursos sonoros incluidos en el texto, que suman pasión y algarabía a la corrida.
“Los galgos” nos trae a la memoria otras imágenes y lecturas. Tangos burreros, cuentos de apostadores que ganan para perder, perdedores empedernidos… Aunque tal vez las más certeras estén en los nombres. El Miseria, galgo flacucho del protagonista, nos reenvía al relato de Don Segundo Sombra en el que el viejo Miseria pacta con el diablo. Aquí no hay diablo, pero sí está el Brujo, un joven en cuerpo de viejo encargado de entrenar y largar al perro en el canódromo. Desde su aparición, intuimos que algo puede pasar, que hay dos fuerzas entreveradas y en tensión, y que, como siempre en estas cuitas, saldrá airosa la más diabla.
Descargá gratis la "Antología Cuento Digital Itaú 2012", organizada por el Grupo Alejandría, desde http://www.fundacionitau.com.ar/wp-content/uploads/downloads/2012/12/antologia_itau_escritores1.pdf
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25.2.13
Juan Pablo Csipka: crisis de identidad #11
Hyde
salió anoche como de costumbre. Entró a un bar y comenzó a insultar a los
parroquianos. La tensión fue subiendo: de los gritos se pasó a los golpes y
sillazos. Un puñetazo encegueció el ojo derecho de Hyde. Salí como pude.
Afortunadamente, no hizo falta suturar la herida y la puedo disimular con una
venda. (Juan Pablo Csipka)
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Presentación de "Matar a la niña", de Agustina Bazterrica
Agustina Bazterrica presenta su primera novela, Matar a la niña,
junto a Liliana Díaz
Mindurry y Carlos Carioli.
Martes 9 de abril, 19:30
Funes & La Maga, Borges 1660
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