
En la presentación de ayer en Fedro hablamos un poco de las confesiones
como bienes de consumo, y le propusimos a la gente que también escribiera la
suya en un papelito, anónimo, y lo metiera en una urna confesionaria. En estos
días vamos a estar subiendo algunas de esas respuestas, junto con otras que
aparecen en la revista.
Lo que sigue a continuación son confesiones casquivanas, lo
más bajo de nosotros, lo que no nos animaríamos a contar en voz alta pero así,
en un cuarto oscuro, se convierte en una adicción. Algunas sorprendentes, otras
dignas de condena, otras divertidas. Que cada cual se haga cargo de la suya.
Debuté con una señora de 63 años.
Una noche, de chica, estaba jugando con un amiguito al juego
de los olores, tendría cuatro o cinco años y él se había quedado a dormir en
casa. Nos olíamos, nos tocábamos, nos descubríamos, supongo. Un día, muchos
años después, yo tendría dieciséis o diecisiete años y la adolescencia me había
pegado bastante más estúpidamente, y mi madre –a cuenta de qué ya no me
acuerdo–me dice: "Vos no te podés acordar... pero una vez, te encontré oliéndole
el pito a Santiago". Y ahí la vergüenza me tragó por completo, porque no
sólo que sí me acordaba sino que me acordaba con simpatía...
Me acabo de afanar una revista.
Soy un cagón. Me hago el superado, el improvisador y el loco
pero bien en el fondo soy un cagón con miedo a las cosas nuevas y a los cambios
bruscos.
A mi gato le gusta comerse los forros usados. Después los
caga. Ya lo hizo dos veces. La primera vez que lo hizo me asusté mucho y le di
de tomar aceite de oliva y yogur. La segunda vez lo cagó solo.
* Imagen de Romina Lardiés
* Imagen de Romina Lardiés
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