3.5.13

El corazón de la manzana/4, de Manuel Crespo y Pablo Olivero



El corazón de la manzana
Texto: Manuel Crespo / Imagen: Pablo Olivero

La propuesta sigue abierta: nuestra novela por entregas de creación colectiva, “El corazón de la manzana”, sigue recibiendo autores e ilustradores que quieran sumarse. Ya escribieron Luci Porchietto, Ariel Bermani y Ricardo Romero; e ilustraron Horacio Petre, Joaquín Paolantonio y Daniel Montero Galán. Si querés ser parte, escribimos a info@casquivana.com.ar
Para ponerte al día con la historia, podés darte una vuelta por blog y buscar los capítulos anteriores, podés dar un clic acá.

Capítulo 4

“Ostras”, dijo Magdalena en voz alta. De no haber sido por el cuerpo desparramado en la vereda de enfrente, llegando a la otra bocacalle, se habría sorprendido de sí misma. Ostras. Nunca creyó que vería morir a alguien, pero mucho menos que su primera reacción ante semejante espectáculo sería usar justo esa palabra.
En la calle no había nadie salvo ella. Y el cuerpo, claro. Lo había visto caer desde muy arriba, sin grito. El ruido vino con el impacto: una infinidad de crepitares de huesos condensados en un crepitar más grande, el ruido de todos los huesos del cuerpo rompiéndose al unísono.
Magdalena dijo “Ostras” y ahí parada, las bolsas de supermercado en una mano, el celular todavía en la otra, no dijo nada más por un rato. Durante el tiempo que duró su parálisis, segundos o minutos, podrían haber pasado muchas cosas. Después Magdalena sintió que no estaba respirando bien, que en realidad no estaba respirando. El hombre cayendo le había trastocado el piloto automático de su respiración. Magdalena inhaló como probando el tiraje de un pulmón recién trasplantado.
¿Qué es una ostra exactamente? ¿Cuál es la ostra real? ¿El bichito gelatinoso que habita la concha o la concha que es la casa del bichito gelatinoso? ¿Forman entre los dos, mal que les pese a sus apetitos de individualidad, la Magna Ostra Indisoluble? Y ya que estamos: ¿cuál de los dos vino primero? ¿Acaso son, bichito y concha, el huevo y la gallina de las profundidades oceánicas?
Magdalena no tenía ni la más peregrina respuesta a estas incógnitas, por dos simples motivos: a) No había sido ella quien había formulado las preguntas; b) Había un ostensible cadáver ahí en la vereda: a hacerse cargo, ya basta de escapar por la tangente.
El cuerpo había levantado sangre al golpear el suelo. Así como suena, no hay manera mejor de describirlo. Como cuando un objeto pesado levanta polvo al aterrizar, sólo que en vez de polvo, bueno, lo dicho un par de oraciones atrás: sangre. Una explosión roja de sapo reventado. Casi una nube de sangre, un rocío leve como el líquido que disparan los aerosoles.
Cruzar la calle le iba a costar mucho más que una decena de pasos. Contra lo que se cree, una persona común reacciona muy convencionalmente ante una situación extrema. Después de todo, por algo es común. Es decir: la persona de marras cruza la calle, confirma la inexistencia de pulso, se inmuta menos de lo que hubiera pensado ante la obscenidad de las vísceras al aire, llama a algún servicio de urgencias o a la policía. Rompe en llanto horas después, mientras le cuenta la anécdota a su esposa o su marido en la cama, antes de apagar la luz, tapándose los ojos con las manos para no ver todos los años de terapia que se le vienen encima como una estampida de búfalos. Pero la gente común no dice “Ostras” cuando ve morir a alguien, y esto Magdalena sí lo sabía.
Aspiró una bocanada plenamente consciente de sí misma. De la bocanada, esto es. Porque del resto de su humanidad Magdalena ya tenía poco o nulo discernimiento. Había puesto las piernas en acción sin darse cuenta. Había pisado la calle y avanzado como si el asfalto fuera un río hecho hielo, las manchas de brea grietas alarmantes, los baches agujeros que algún pescador esquimal abandonó hace apenas unos momentos. Podríamos seguir con las metáforas de corte boreal la ciudad petrificada y quieta, los edificios como icebergs—, pero tenemos que llevar esto a algún puerto, sea éste bueno o malo, y los caracteres con espacios no nos sobran.
Otro efecto colateral que el cuerpo cayendo había inoculado en Magdalena había sido una pérdida absoluta de conocimiento geográfico. Cuántas veces había ido y venido por esa vereda. Ahora, sin embargo, la cuadra entera era cualquier cuadra de cualquier ciudad.
Hay que tener agallas para lanzarse o ser lanzado desde lo alto de un edificio y no gritar. Reprimir la vibración de las cuerdas en la glotis, hipotecar los aullidos mientras la gravedad lo succiona a uno hacia la muerte. Hace falta mucha valentía para aceptar la muerte calladito, como un suicida experimentado, si se nos permite el oxímoron. El hombre cayendo no gritó. No dijo esta boca es mía ni “¡Jerónimo!” ni “¡Banzai!” ni “La suma de los catetos es igual a la hipotenusa al cuadrado”, lo que por otra parte hubiera sido un desafío más que interesante, dada la difícil articulación entre el largo de la frase y la velocidad de la caída. Hubiera sido una buena pista para la policía científica. “Suponiendo que el 70 por ciento de las víctimas alcanza a emitir alrededor de tres sílabas por piso, es dable calcular que en este caso el fallecido se lanzó o fue lanzado desde el sexto o el séptimo piso del inmueble...” Algo así, digamos.
Lo único cierto, de todas formas, es que el hombre cayendo no gritó. Tal vez, quién te dice, en este punto radique una clave fundamental para resolver el misterio más adelante. Pero eso ya es un problema de otro.
A unos diez metros del cuerpo, Magdalena sintió que algo despertaba dentro de su mano. El celular. Otra vez la musiquita espantosa que le había programado el sobrino. Le había dicho: “Esto es lo último de lo último, tía” y después había pronunciado un nombre difícil, extranjero. La Novó Cumbián. La máxima sensación en todos los reventones tropicales habidos y por haber. Rupturismo  y perreo. Poesía dislocada y rallador. Y un conjunto por encima de los otros: Sorrentino y los Pancetas. Magdalena abrió la mano y la voz trémula de Éufrates Sorrentino trepó por el aire hasta ella:
La hiciste bien cuando te fuiste:
Me dejaste el avestruz y el alpiste
Pero el avestruz alpiste no come,
Ya me picoteó todos los sillones
Y me vació de escapes el botiquín.
Anoche, al oírlo trotar en el jardín,
De los gladiolos a la garrafa
—la insana carrera sin fin
De esta cruza de pato con jirafa—
Recordé el día que me lo mostraste.
De nuevo el número desconocido. El mismo que antes. Magdalena pensó en don Antonio. Pensó y al mismo tiempo lo vio, para hablar con propiedad. Pensó en don Antonio llamándola desde algún lugar que no era su departamento y lo vio ahí tirado en la vereda, convertido en una pulpa de alguna fruta nauseabunda. Don Antonio cayendo. Sin grito. Magdalena otra vez se olvidó de respirar. Quién sabe: tal vez no se hubiera acordado de volver a hacerlo si eso blando y liviano no le hubiera golpeado en la cabeza un instante después de descubrir a su patrón muerto y requetemuerto en el suelo de esa cuadra de esa calle de esa ciudad. El papel higiénico cayó y rodó un par de metros sobre las baldosas. Todavía quedaba más de la mitad sin desenrollar.
Magdalena siguió con la mirada el papel hacia arriba y se encontró con la mano sosteniendo la otra punta a través la ventana del cuarto piso. ¿Era una mano nomás? No, su dueño no pudo reprimirse: asomó medio cuerpo y miró hacia abajo. El exhibicionismo, los derechos de autoría. A algunos les pica por ahí.
O no. El hombre tenía puesta una careta de oso panda. Saludó a Magdalena con la mano libre y soltó la punta del papel higiénico, que aterrizó sin brusquedad a los pies de la mujer. Después el oso panda hizo bocina con las manos alrededor de la boca agujereada de la careta.
Para mí que a los setenta metros llega tranquilo —exclamó.
Ostras.


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