22.8.12

El baile del novio, de Manuel Crespo


El baile del novio
Manuel Crespo

Existe un baile únicamente del novio. Describirlo no es para nada fácil, tal vez por eso todavía no se sabe mucho al respecto. A ver: el novio se pone de cuclillas, diríamos, sólo que con las rodillas bien separadas, para permitirle a la novia bailar entre ellas, y después extiende los brazos a la altura de la cintura de la susodicha, como encarcelándola por entero, arriba y abajo. Siguen dos variantes: o el novio da saltitos hacia uno de los flancos, augurando circunferencia, como cangrejeando a su flamante mujer, las manos dos tenazas encubiertas, o bien avanza recta y vigorosamente, con el torso apenas inclinado hacia atrás, siempre a los saltitos, estilo sapo partuzero, obligando a la novia a escapar de espaldas y casi aplastarse contra el círculo de maquillajes corridos y camisas engalanadas con ferné que aplauden como si fuera la primera vez que ven un espectáculo de ese calibre. Bueno, eso sería más o menos todo. Para qué la intención ensayística: el hombre simplemente hace el baile del novio una vez en su vida o tantas veces como decida casarse, esto último siempre y cuando al tipo todavía le quede autoestima para ser mirado mientras se vuelve a agachar, separa bien las rodillas, extiende los brazos otra vez. La escena no se repite en las bailantas, en fiestas de quince o de graduación o en los improvisados asaltos de provincia. Sólo en los casamientos y sólo el novio. Lo comprobé acá y también en algún otro país. Tengo entendido que no es algo exclusivo del casorio apostólico y romano, sino que también tiene lugar, con sus comprensibles matices, en bodas de otras creencias y también en bodas laicas. Ya hay demasiados documentales sobre víboras, tiburones y demás bicherío. El baile del novio bien puede no ser metáfora de nada, pero no me digan que no es extraño.

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