17.8.12

"Perdí un amor pero", de Juan Ignacio Caino


Perdí un amor pero
Juan Ignacio Caino

Quién pudiera culparla por odiarlo, si lo fui a comprar a escondidas, olvidándome en mi entusiasmo que ese mismo día era nuestro aniversario…
Pasados los primeros días de enojo, pude convencerla de que me acompañara a dar una vuelta en mi Dodge Coronado. A las tres cuadras, la bisagra de su asiento cedió, y quedó luchando como una tortuga patas arriba. La relación no prometía demasiado.
Yo estaba dispuesto a perdonarle las mañas, después de todo, aprendí a manejar en uno igualito, recorrí tras el mismo volante más de un millón de kilómetros antes de tener “edad legal” para sacar el registro de conducir. Era mi máquina del tiempo, un espacio donde los años no habían pasado y donde estaban los mismos olores que añoraba. Si hasta me parecía oír la voz de mi abuelo reconviniéndome por mi gusto de acelerar de más.
Pero no me correspondió en mi cariño y dedicación. Llegué a vender algunos instrumentos míos para mejorarlo, arreglar cosas, tratar de que estuviera como yo quería, para que me pudiera acompañar por muchos años. Tras ganar la batalla con mecánicos discapacitados, alineadores desinformados, repuesteros con miedo a morir en la indigencia, truhanes de toda laya, fui a caer a un taller de chapa y pintura. Ahí también volví a decepcionarme y terminé pagando para (re) hacer el trabajo yo mismo. Y un día mientras trabajaba en los pasarruedas, caí en la cuenta de que nunca iba a estar conforme, que nunca iba a ser suficiente, que no lo estaba disfrutando y que cuanto más me metía menos correspondido por su afecto me sentía.
Lo vendí desarmado, a un precio que no llegó ni al 10% de lo que había gastado. Perdí un amor, pero aprendí más que si me hubiera gastado todo ese dinero en psicoterapia. 

Este texto apareción publicado en Casquivana 4, página  34

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