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31.7.12

Alejandría en Casa de Letras

El Grupo Alejandría y la generación de las lecturas
Entrevista pública
Coordina: Elsa Drucaroff
Participan: Clara Anich, Nicolás Hochman, Yair Magrino y Edgardo Scott


El Grupo Alejandría, fundado hacia fines de 2004, uno de los iniciadores del movimiento de las lecturas y ciclos literarios de Buenos Aires, será entrevistado por Elsa Drucaroff, autora del ensayo Los prisioneros de la torre (política, relatos y jóvenes en la post-dictadura). Los integrantes de Alejandría van a hablar de la historia del grupo, su experiencia de más de ocho años en la organización de lecturas públicas autogestivas, y sus proyectos, tanto colectivos como individuales.

Martes 31 de julio, 19:45
Casa de Letras
Perú 375, piso 8, San Telmo

19.12.11

No es fácil ser un hijo. Entrevista con Manuel Soriano (segunda parte)

No es fácil ser un hijo. Entrevista con Manuel Soriano (segunda parte)
Luca Scognamiglio

La infancia de Osvaldo fue bastante complicada, debido a las mudanzas a las que estaba obligado a realizar su padre. Me imagino que la tuya también habrá sido intensa.
Obviamente viajé mucho en mi niñez, pero quizás de manera más burguesa, más turística y más fácil. Con respecto a Buenos Aires, primero vivimos en La Boca, y después nos mudamos cerca de Palermo, donde teníamos una casa grande. A él eso de vivir en un lugar tan burgués no le agradaba, quería sentirse más popular, digamos, más cerca de la gente, del pueblo.
Muchas de sus peregrinaciones pasaron a los cuentos con gran facilidad. Incluso en la novela Una sombra ya pronto serás hay ecos de sus recorridos por las rutas pampeanas. ¿Leíste la novela?
La leí, cuando era más chico, y después vi la película, pero estoy seguro de que no la entendí o no la percibí como podía entenderla y percibirla un argentino. Para mí es nada más que un viaje poético, exótico, una cosa muy agradable, pero yo lo miro desde afuera y con una perspectiva diferente, de lejos o desde lo alto.
Claro, porque todo el viaje de la novela se construye sobre la filosofía del “fracaso”, sobre la idea de que la gloria más grande está en el fracaso. Quizàs sea bastante difícil para los europeos entender eso, porque nosotros estamos acostumbrados al drama y a la tragedia que residen en el fracaso, y no a la gloria.
Esto es un pensamiento característico de los argentinos con lo que yo estoy totalmente de acuerdo: para mí la mayor gloria que se puede obtener está en un fracaso y en la dignidad de enfrentarse con una realidad que fracasa. Y esto me parece que se puede poner entre las ventajas de los argentinos, entre sus calidades. Quizás la cultura europea sea más horizontal, con menos olas digamos, mientras que la cultura y la historia argentina son como tempestuosas.
En aquel entonces, hablamos todavía de los años noventa, tu papá ya era no sólo un escritor muy famoso acá y en Europa, sino que también se le reconocía la lucha contra la dictadura militar y la militancia periodística en el exterior. ¿Te dabas cuenta, de algún modo, de esto?
No no, no me daba cuenta de ningún modo. Era una cosa normal, así que yo no tenía otra postura para compararlo. Y quizás eso habrá sido una mala impostación para desarrollarse como niño: todo era como ya obtenido, ya dado. Yo no conocía la construcción, cómo se había llegado a eso. Así que no tuve conciencia de lo que él representaba exactamente, de lo que había pasado para llegar a ser lo que era.
Hay muchos intelectuales argentinos que siempre mantuvieron una gran amistad con tu papá. ¿Conoces a algunos de ellos y pudiste hablar con ellos de tu papá y de la huella que él ha dejado en la cultura y en la literatura argentina actual?
Conozco a Osvaldo Bayer, conozco a Héctor Olivera (el director que llevó al cine No habrá más penas ni olvido y Una sombra ya pronto serás, ndr) y a su mujer Dolores Bengolea; también fui a Página/12 y conocí a toda la redacción y a todo su grupo de trabajo (eran sobre todo los más jóvenes los que estaban más emocionados), y por ejemplo hablé con Hugo Soriani. Pero cuando me hablan y me cuentan de mi papá, me parece que sobre todo hablan de ellos mismos: me cuentan historias, inventando bastantes cosas y apropriándose de la figura de él para agrandarse un poco.
Y por otro lado, sin entrar en ámbitos demasiado personales o familiares, ¿cuáles son los recuerdos más vívidos de Osvaldo que te transmitió tu madre?
La verdad, ella me cuenta muy pocas cosas, digamos que es algo que ella guarda celosamente en su memoria. Según me decía Dolores (Bengolea, ndr), cuando vivían en París mi mamá escondía billetes en los bolsillos de mi viejo cuando él salía de casa, porque él decía que no tenía plata “ni siquiera para comprar cigarrillos”. Me parece que mi padre tenía un gran respeto por ella, y que esta relación se basaba en un amor muy tierno y muy fuerte a la vez, y en casa se percibía el amor que había entre ellos. Yo creo, además, que haber tenido en casa a una mujer así ha sido de gran ayuda para mi padre, y como siempre se dice “detrás de un gran hombre hay una gran mujer”. Aunque yo no quiera decir que mi padre fue un gran hombre: me parece que la grandeza se encuentra en otras cosas, en personalidades como Julio César o Napoleón, pero es un sentimiento muy personal. Digamos que la grandeza de mi padre no me interesa tanto...puede ser que sea un tema que me escondo a mí mismo. Igual me transmitió muchas cosas, y el tiempo que estuve con él fue un tiempo muy intenso.
Si tuvieras que elegir una cosa, ¿cuál dirías que es la mayor herencia que te dejó tu papá?
Para mí es eso de los cuentos que me contaba antes de dormirme: una gran ternura, una visión de la vida bastante particular, y tampoco sé cuánto me quedó de esto. Después de su muerte (en 1997, ndr), por ejemplo, hubo una temporada de gran lirismo, para mi madre me parece aún más que para mí; ella estaba más presente en mi formación, pero con él desapareció la componente poética, algo importante en la formación de mi espíritu, en mi formación varonil. Hubo como un vacío en la casa, como también seguramente hubo un vacío en Página/12 y en la cultura argentina en general.
Su muerte fue algo importante pero quizás no tan trágico para mí, porque no sé como me habría desarrollado con él: siendo un “hijo de papá”, me habría resultado muy fácil vivir acá, encontrar trabajo; y aún hoy si quisiera trabajar en Argentina podría, con relativa facilidad, me parece. Tal vez su muerte, en algún sentido, me ayudó a que la vida no fuese demasiado fácil: él era una figura que se expandía mucho, y me habría costado despedirme de él, de su influencia, de su protección. Yo prefiero pensarlo así.
Y ¿si tu papá viviera?
Viviríamos en Italia. Èl tenía el sueño de vivir en Roma: creo porque Italia le parecía un país más fácil, le gustaba mucho el espíritu italiano, y encima estaba muy relacionado con Italia y con muchos italianos. Pero yo soy bastante realista: a los ingleses le gusta decir muchos “si”, mientras que yo pienso que el destino es así y que hay que aceptarlo como es.

Luca Scognamiglio (Toscana, 1984). Se licenció en Letras en la Universidad de Pisa e hizo un posgrado en Lenguas y Literaturas Hispano-Americanas, con la tesis “Colonia Vela o sea Argentina”, sobre la narrativa de Osvaldo Soriano. Es periodista, docente y autor de narrativa y poesía. Algunos de sus cuentos fueron publicados en antologías por la editorial italiana Prospettiva. lucasco1984@libero.it

16.12.11

No es fácil ser un hijo. Entrevista con Manuel Soriano (primera parte)

No es fácil ser un hijo. Entrevista con Manuel Soriano (primera parte)
Luca Scognamiglio

No es fácil ser un hijo. Hay que cumplir con expectativas, esperanzas, hay que enfrentarse a un mundo que trata de buscar no sólo en tu aspecto físico, sino también en tu personalidad, los rasgos que fueron de los padres. Esta comparación genética y espiritual se vuelve aún más opresiva cuando tu viejo es una figura tan grande, tan reconocida y tan coincidente con una cultura y una realidad específica. De Osvaldo Soriano diríamos que fue “el argentino” por antonomasia, así que no nos cuesta comprender a su hijo, que después del fallecimiento del padre se fue a Francia, país natal de su madre, tratando de transformarse en un perfecto francés, y cumpliendo con su objetivo. Aunque haya vivido los primeros ocho anos de su vida acá, Manuel Soriano, un tipo alto, rubio, que habla un castellano chapurreado, dice que no se siente argentino, que no ha leído sino pocas de las obras de su padre e incluso que no entiende dónde se encuentra la grandeza del Gordo.
Nos deja un poco asombrados todo eso. No debe ser fácil ser un hijo.

Manuel, ¿es la primera vez que hablas públicamente de tu padre o ya lo habías hecho?
No, no es la primera vez que hablo públicamente sobre ese tema. Ya lo hice por casualidad o, digamos, fue el destino que ya me llevó a hablar de mi padre. Por ejemplo, cuando recordábamos el año diez de su muerte vinimos a la Argentina para hacer una conmemoración y mover su cuerpo (en el Cementerio de la Chacarita) de lo que era su antiguo sitio, al lugar donde se encuentra hoy, que es una especie de mausoleo. Hubo una ceremonia, inmortalizada por las cámaras de televisión, y algunos periodistas me hicieron una entrevista. No es que yo quería, porque a mí hablar de mi padre me resulta, y me resultaba sobre todo en aquella época en la que yo era más joven, difícil; pero traté de esconder mis sentimientos y les conté algunas cositas.
Se te escucha el acento francés. ¿Tú te sientes francés o argentino? Te lo pregunto porque sé que naciste acá y después viviste muchos años entre Buenos Aires y Mar del Plata antes de irte a Francia.
No, yo ya no me siento más argentino. La cultura, me parece, se forma con la lengua y yo no puedo dominar el castellano. Yo me siento francés, casi únicamente francés; la parte argentina es, digamos, la parte exótica, que concurre a formar mi identidad pero que no se manifiesta de manera constante: es algo que me puede surgir de vez en cuando y que en Francia trato de esconder porque si digo que soy argentino la gente tampoco me cree (se ríe, ndr), porque no tengo “pinta” de argentino. Es una identidad un poco nublada, que todavía me queda desde el tiempo cuando vivía acá. Pero claro, es algo que estoy tratando de reconstruir, y por eso me encuentro hoy en Argentina.
Tu papá era una persona muy importante, y recién fallecido se volvió una figura aún más grande para la Argentina; tal vez se transformó en lo que los argentinos dicen un “mito” y, en síntesis, diríamos que representa la cultura popular que resiste a pesar de los múltiples fracasos que sufrió el país.
En este caso hay que cuestionar lo que es un “mito”, me parece. Yo no tengo una definición precisa, pero diría que es algo antiguo que se ha vuelto un símbolo, una imagen que no tiene más materialidad en sí misma. Mi padre se trasformó en una idea: salió de lo material que fue, de su vida, para constituirse como idea. Hay ejemplos de esto: cuando fuimos con mi madre a la Chacarita, en Buenos Aires, María Elena Tuma, de la Dirección General de Cementerios, nos contó varias cosas, y por ejemplo nos comentó que hay chicos bastante pobres que de vez en cuando pasan por la tumba, la miran un poco, aún sin saber quién fue realmente Osvaldo Soriano. En este sentido diría que sí, sobre todo para las clases medias y populares se transformó en un mito.
¿En Francia se conoce la obra de tu padre? Y ¿te reconocen como hijo de Soriano?
Èl vivió en Francia pero no resultó, no dejó nada, ni una huella. Al ser tan exótico y alejado, el argentino tiene una cultura y un modo de pensar totalmente diferentes a los de los franceses, aunque Francia tuvo una importancia en la construcción cultural de este país. Encima mi papá era un escritor muy argentino, que no podía dejar la herencia de Borges por ese hecho de identificarse a sí mismo con la argentinidad.
Naciste en 1990, tus padres recién se habían vuelto a vivir a Argentina. ¿Cómo te parecía el país, cuáles son tus recuerdos de niño?
Yo nací en Argentina, en Buenos Aires, y tengo nacionalidad argentina. Por eso mi recuerdo no es tan impactante, porque no tenía otra realidad con la que hacer comparación: quiero decir que para mí Argentina era algo normal. En cambio, fue en Francia en donde la realidad me resultó muy diferente: enseguida me integré a la cultura francesa, me puse a hablar francés al poco tiempo, así que tengo una impresión de Argentina a partir del momento en que fui a vivir a Francia.
Yo tenía un buen recuerdo de Argentina, me gustó mucho vivir acá y tuve una niñez muy feliz. Y eso pasó gracias a mis padres sobre todo: a mi papá, que me contaba muchas cosas, muchos cuentos, que se ocupaba bastante de mí, y a mi mamá, que se encargaba más de mi educación strictu sensu. Y en Argentina obviamente tuve una ninez muy feliz gracias al nombre de mi padre: claro, acá sí que yo era “el hijo de Osvaldo Soriano”. Me acuerdo que vivíamos en el barrio de La Boca: a él le gustaba mucho, se sentía en su ambiente natural, se sentía porteno y le encantaba vivir en la ciudad, en lugares con mucha gente, entre la gente. Allá vivíamos arriba de una oficina peronista y había un ambiente muy bueno en ese barrio: yo me iba a la panadería, me quedaba muchas horas allá, y cuando iba con mi padre lo paraban a él y yo sentía el reconocimiento que le daban y también sentía ese reconocimiento para mí. Sin embargo yo no lo veía mucho porque estaba muy ocupado con el trabajo periodístico: o estaba en el diario, o trabajaba de noche (se levantaba tarde e iba a la redacción), así que yo no lo veía mucho, podían transcurrir varios días sin que yo lo viera.
En esos años, Osvaldo Soriano estaba escribiendo “Una sombra ya pronto serás”. Hay una frase del libro en la que el protagonista, que se vuelve a la Argentina dejando su familia en Europa, dice: “Mi hija estaba en cuarto grado e imaginé que hablaría marcando las eses y las zetas de España. Para ella no significaban nada la Primera Junta, Belgrano ni las campañas del Alto Perú. No le pesaban Rosas ni Caseros. Me dije que estábamos rotos y lo estaríamos por mucho tiempo”. Tal vez esa “hija” eras tú…tal vez su miedo, de que su hijo no fuera argentino, se realizó, porque tú –según me dijiste– no te sientes argentino para nada.

Yo creo que lo que dice este personaje con respecto a su hija me viene muy bien: yo no conozco la historia argentina, casi nada sino de manera lateral, y sólo un poco conozco de lo que es Argentina en el presente. Esa frase me representa bastante bien, me parece, pero él no se podía imaginar...

En algún modo, ¿te parece que tu padre trataba de acercarte a los libros, a la literatura y a su literatura en particular?
No, me parece que no. Yo creo que tuvo la sabiduría, o digamos la buena idea o la buena estrategia, de pensar que yo era demasiado joven todavía para acercarme a la literatura, para hacer el esfuerzo de entrar en un libro, que es una cosa complicada, y aún hoy me cuesta eso, no es algo que se haga así. Y me parece que él me acercaba en la manera en que mejor le convenía, o sea contándome muchas historias: cuando yo iba a acostarme, por ejemplo, él venía y me contaba cosas muy locas, como cuentos con piratas, que quizás cuando él era niño le llamaban mucho la atención, o cuentos de fútbol, y siempre eran historias bastante extraordinarias. Quizás eso influyó mucho en mí, me hizo desarrollar el lado de la imaginación. Estos son los recuerdos más bellos que me quedan de él, junto con las peleas que teníamos, porque él quería llevarme a boxear y a jugar al fútbol también, pero eso no me gustaba.
Claro, no logró despertarte el interés hacia el fútbol. ¿Nunca te llevó a la cancha?
Yo era recalcitrante, el fútbol no me gustaba para nada. Me parece que nunca me llevó a la cancha; en cambio, me vestía con ropa de San Lorenzo o con la camiseta de Argentina, superando las resistencias de mi madre. Trató de influir en mí pero eso no funcionó.