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19.3.13

Ariel Bermani y el alivio de que otros fracasen



Cuando me preguntaban, yo siempre respondía lo mismo: soñaba con ser el 4 de Independiente. Hasta los primeros años del secundario mantuve el sueño intacto, a pesar de que las evidencias contradecían mi esperanza. Quería jugar el mundial ‘86, en el equipo del Diego, pero ya en el ‘82, a los 14 años, guardé los botines en su caja original y ahí quedaron, por mucho tiempo. Me quedé sin fútbol y empecé a escribir. A imaginar los fracasos de otros, para no ser el único fracasado del universo. Eso me alivió un poco, incuso me dio algunas satisfacciones. Pero no alcanza. (Ariel Bermani)

Publicado en Casquivana 5: www.casquivana.com.ar

15.8.12

Confieso que he mirado, de Clara Anich


Confieso que he mirado (fragmento)
Texto: Clara Anich / Imagen: Omar Figueroa Turcios

Un clic y la intimidad ajena se abre ante nosotros, el secreto de un otro anónimo da inicio al show: un show donde no cobran entrada y ninguna voz pide que apaguemos los celulares.
Frente a la PC, descalzos y con el mate, el botón derecho inaugura una nueva pestaña para divertirnos un rato: tusecreto.com.ar.
Hace varios años que surgió la web y, al mejor estilo Facebook, “La dimos a conocer entre amigos y conocidos y apenas unas horas después, miles de personas ya estaban recomendando el sitio y escribiendo sus secretos”, dice Santiago y confiesa: “Inventamos quizá 10 o 20 secretos al lanzar el sitio simplemente para que no esté vacío y la gente que entrara por primera vez entendiera de qué se trataba. Pero apenas se hizo público, por el volumen de secretos enviados por la gente, ya no tuvimos que rellenar ningún espacio”.
Basados en una página yanqui donde uno enviaba una postal por correo común con un secreto, que después era escaneada y subida al sitio, Santiago Sarceda y Mariano Sáenz crearon tusecreto.

Al leer las confesiones uno encuentra cierto tono light donde prima lo sexual y lo escatológico. Mariano cuenta que “El sitio pretende ser un lugar de descarga y sobre todo de humor. Preferimos tomarlo así y no hacernos cargo del uso que le de la gente, sobre todo porque no es algo que podamos controlar”. Aunque “Hubo confesiones de delitos o personas con depresiones e incluso tuvimos inconvenientes legales con una cadena de comidas rápidas por un secreto que habría publicado un supuesto empleado. Y hasta en algún momento hubo un caso policial de mucha repercusión mediática sobre una chica desaparecida y hubo un secreto que tenía ciertos datos que lo hacían parecer verídico. Dimos aviso a las autoridades y dimos de baja el secreto”. 

 
Si querés terminar de leer el artículo, lo podés encontrar en http://casquivana.com.ar/casquivana.html (página 11). 

14.8.12

Están allí para decir cualquier cosa (fragmento), de Félix Chiaramonte


Están allí para decir cualquier cosa (fragmento)
Texto: Félix Chiaramonte / Imagen: Carolina Marcús

El valor de las confesiones en la actualidad se mide en el peso que tienen esos testimonios en los medios masivos de comunicación y la repercusión en la psicología de las masas. Pero es por lo menos cuestionable creer que atraviesa, sin oposición, todas las prácticas particulares como si cada intercambio social fuese un pliegue sumiso de cualquier poder.
Se sabe que es una práctica característica de la religión católica apostólica romana, o que su utilización en todo tipo de guerras, persecuciones políticas y/o sociales es algo habitual o directamente prescripto y obligatorio.
Que un reality show, con el trasfondo supuestamente sabido del Gran Hermano, consagre la permanente imagen como algo que debe mostrarse para saber acerca de lo patético de cada quien; que las redes sociales sean un circuito que ha estimulado la palabra desde “lo más propio de cada uno”; que los teléfonos celulares formen parte de lo más íntimo y que esto sea garantizado por una empresa a la que le interesa que “mantengamos la portabilidad” del número… En fin, todo eso permite decir algo de lo confesional y cómo se articula con lo religioso y mercantil de esta época, en este lugar del mundo.
Ahora bien, la cuestión de las confesiones también puede plantearse desde la disciplina en la que trabajo, la práctica del psicoanálisis, y en este caso hacer un contrapunto con un texto de Foucault.


Si querés terminar de leer el artículo, lo podés encontrar en http://casquivana.com.ar/casquivana.html (página 11).

11.8.12

Pago por contar, de Nicolás Hochman


Pago por contar
Texto: Nicolás Hochman / Imagen: Leticia Paolantonio

Les cuento un secreto: tenía 8 ó 9 años y vivía con mi familia en Belgrano, pero mis viejos fantaseaban con que nos mudáramos a Bariloche y pusiéramos una hostería, escapándonos de la enquilombada Buenos Aires. Un tiempo antes se había ido para allá Marta, mi maestra de primer grado. Por esos contactos que todavía hoy no entiendo bien, en mi primer viaje al sur teníamos que pasar por su casa en la montaña a llevarle un bolso con cosas que una amiga suya había dejado en el departamento, para que se lo alcanzáramos. La señora que trajo el bolso le dijo a mi mamá que en el bolsillo había doscientos dólares, que en esa época era un dineral.
Yo no estaba seguro de querer mudarme, pero en cuanto me quedé solo saqué esa plata y, sin entender muy bien por qué, la escondí atrás de los doce tomos de la enciclopedia Salvat. Lleno de adrenalina (era un nene bueno), me quedé pensando que ahí cualquiera podía encontrarla. Así que, más intrépido todavía, salí al balcón y puse los billetes abajo de una maceta. Pero pensé que ahí se podían volar con el viento, y que eso me delataría. Cinco segundos después había tirado doscientos dólares por la ventana desde nuestro tercer piso. 




Si querés terminar de leer el artículo, lo podés encontrar en http://casquivana.com.ar/casquivana.html (páginas 14-15). 

10.8.12

"Confesaron", de Amalia Sanz


Confesaron
Amalia Sanz

Una actriz de moda confiesa que odia a Björk, un músico de culto describe cómo se fascina con Eros Ramazzotti, un escritor que adora la polémica siempre a mano critica con vehemencia a Noam Chomsky y defiende a un cantautor casi indefendible: Dyango. Un cantante “del momento” construye la oda a la cumbia berreta, un músico ultra cool reconoce que llora con las películas rosas –especialmente con todas las de Hugh Grant–, una escritora confiesa que se autogooglea (en la época en la que autogooglearse era material de confesión) y una periodista siempre inteligente dispara un pecado nacional: nunca se rió con Alberto Olmedo. Un director de teatro entendió que era confesión declarar que ansiaba –algún día– poder dirigir en teatro off a Moria Casán (siete años más tarde lo logró) y una escritora consagrada se anima a dejar de lado de una vez y para siempre el Ulises de Joyce. Las mejores confesiones tal vez vinieron de dramaturgos: uno confesó el modo en que malgastó una beca de varios meses en Alemania, quedándose encerrado en el departamento de Berlín jugando “a un jueguito de la compu”; y otra declaró su enamoramiento por Carlos Bilardo (al describir su belleza, parecía sincera, no había ironías en su amor).
La sección “Yo Confieso” fue publicada en la revista Lamujerdemivida durante varios años, muchos. Centenares de confesiones, de vergüenzas privadas, gustos y disgustos incómodos referidos a consumos culturales. Hasta que nos cansamos. Algunos pretendieron ser políticamente incorrectos, pero luego la mayoría prefirió confesar aquello oculto de lo que en realidad se enorgullecía, del estilo: en la intimidad escucho a Gilda. O me aburro con el cine iraní. Y sí, quién no.
Las verdaderas confesiones –las que nos interesan porque nos transforman– son las que nos dan vuelta y muestran reveses y pequeñas miserias. Reconocer con honestidad que adoramos lo desclasado y fuera de moda o que bostezamos con algún consagrado suma al gesto que busca discutir lo dado, barajar las cartas de siempre y dar de nuevo. 

En http://casquivana.com.ar/ (página 18) 

9.8.12

¿Por qué te animás en público, si en casa nunca dijiste nada?, de Natalia Kiako


¿Por qué te animás en público, si en casa nunca dijiste nada? (fragmento)
Texto: Natalia Kiako / Imagen: Fernando Halcón

Un estudio de radio. Chicas tan rubias que encandilan, una mesa grande, micrófonos, y un chico tan nervioso que está amarillo.
–Ma. Hola, soy yo, ma.
–Si querido, ¿cómo estás?
–Ma, estoy en la radio. Estamos saliendo al aire, te llamo para decirte algo.
–Ah bueno… ¿en la radio estás?
–Si ma, escuchame. Quiero decirte… quiero que sepas que soy gay, mamá.
–…
No sólo era en la radio; era la radio, exhibida dentro de un episodio de reality de TV. Las cámaras de la tele capturando cada detalle desde el estudio del programa FM.
Hay dos reacciones instantáneas muy populares ante una escena como ésta. La primera, de antaño, de rulero: “Pobre flaco”. La identificación todo lo puede. El chico está sufriendo, ¿no ves cómo transpira? La segunda reacción probable, quizá más masculina, es la indignadísima: “Está todo arreglado”. Como otrora los partidos de fútbol, las elecciones políticas o los concursos de belleza, hoy los realities despiertan un clamor de garantía realista entre los espectadores.
Sin embargo, entre la empatía y la sospecha de fraude, hay una pregunta que se impone. Si es tan brava la escena de la confesión… si tanto pavor produce la sola idea de exponer un profundo secreto ante tus seres queridos… ¿cómo parece ser la mejor opción confesarse ante miles y millones de anónimos, en un medio capaz de grabar y reproducir el momento del terror una, y otra, y otra vez?
Pensemos en Moria, en Oprah, en “Cuestión de Peso”, en Luisa Delfino y en Rampolla, la sexóloga. Hay una atracción profunda, casi como un vértigo; un furor que provoca a enormes cantidades de personas a participar, a esperar su turno para confesarse masivamente “en vivo y en directo”. Uno sospecha que es el aroma del maquillaje y el brillo de las luces lo que atrae a los confesantes. Quizá el escenario es tan magnético que ellos, ávidos, ofrecen en sacrificio lo más valioso –sus secretos– para ganarse su ingreso al cielo, donde todo es más lindo, más glamoroso. Hasta la vida de uno es más interesante, con esa pátina de color que da la cámara. Y además, la confirmación de que los acontecimientos de la propia historia son relevantes, no sólo para uno: para la audiencia, para miles de desconocidos… más aún, para Moria.


Si querés terminar de leer el artículo, lo podés encontrar en http://casquivana.com.ar/casquivana.html (páginas 14-15). 

8.8.12

"Confesionario, Historia de mi vida privada", de Cecilia Szperling


Confesionario, Historia de mi vida privada
Cecilia Szperling

Aunque parezca raro, soy una persona zen y anti-ego. Padezco vergüenza propia y ajena. Odio a los chismosos y me retuerzo por dentro frente a la gente que es mala y comenta.
La Confesión es definitivamente otra cosa, ni Demasiado Ego –la Confesión requiere mucha generosidad– ni contar sobre los demás –la Confesión exige hablar de uno y, al poner tan al frente la primera persona queda claro que todo lo que se diga está sesgado por nuestra subjetividad–. O sea, se cuenta cómo vivimos los hechos, no necesariamente cómo fueron.
Cuando arranqué el ciclo “Confesionario, Historia de mi vida privada”, en 1998, muchos escritores no quisieron venir con el gastado argumento “Si mi vida fuese interesante no sería escritor”, y en términos intelectuales era bastante mal vista la propuesta. También el otro ciclo que empecé al mismo tiempo, lecturas más música, era caratulado de populista y anti-intelectual.
En fin, 10 años más tarde –con el ciclo en el CCRRojas, dos libros por Eudeba, dos temporadas en Canal Ciudad Abierta y una año de Confesionario Radio en RadioUba–, veo cómo la tendencia literaria fue en esa dirección y los mismos que me denostaban hoy se copan. Para mi suerte, una de las tantas ideas que uno tiene y quedan en la nada fue creciendo y desarrollándose.
Si me preguntan si la Confesión es un bien de consumo, digo que no tengo la menor idea. En Roma hay más confesionarios que días tiene el año, y en Buenos Aires lo mismo en analistas (según Freud tarde o temprano todos queremos contar nuestro Secreto; a más perturbador más fuerte el deseo).
Proust se encerró a escribir y contar lo que le había pasado, cómo había vivido la cotidianidad de sus días. En general creo que todos queremos contar nuestros dolores, mostrar nuestras heridas, nuestras estrategias de supervivencia, nuestras fantasías cuando pesan más que la realidad.

En http://casquivana.com.ar/ (página 18) 

7.8.12

Confesionarios improvisados, de Agustín Dellepiane


Fragmento de “Confesionarios improvisados”
Texto: Agustín Dellepiane / Imagen: Lucila Valentini

No se sabe bien por qué, si es que los confesionarios más “institucionalizados” donde usualmente atienden los curas, los psicólogos, los psiquiatras, los abogados, no alcanzan, perdieron legitimidad o simplemente no funcionan para todos. Lo cierto es que, hoy en día (o quizás siempre), en el lugar menos pensado alguien arma un confesionario improvisado. Así, peluqueras, depiladoras, taxistas, deben recibir una confesión que pide a gritos salir de la boca de sus clientes, y con ella también absorben su poderosa carga afectiva.
Para realizar esta nota recurrí a un terreno poco explorado y en el que se ve con mayor crudeza la relación Consumidor - Prestador de Servicio, que pareciera ser el cimiento donde se sostienen estos confesionarios. Aquí, la entrevista a una trabajadora sexual, más conocida popularmente como prostituta, que pertenece a AMMAR (Asociación de Mujeres Meretrices de la Argentina).

AD: ¿Qué tipo de confesiones te hacen tus clientes?

TS: Los hombres me cuentan sus intimidades. Sus gustos sexuales, la calentura con la secretaria. Me hablan de cosas que con sus mujeres no harían: los juguetes, el cambio de roles o un simple pete que no le piden desde que esos labios besan a sus hijos. Además, a veces hacen catarsis: cuentan los problemas del trabajo, problemas con los socios, que en vez de decirle todo eso a ellos se enojan conmigo. No me pegan sino que descargan esa bronca hablando. Me dice: “Mi socio me re caga. No sabe hacer nada y se lleva la misma plata”. Le digo: “Eso te pasa porque sos buena persona”. Y él concluye: “Sí, yo soy bueno”. En general, les doy música para sus oídos.

AD: ¿Hay algún otro tipo de confesión?

TS: Si, por ejemplo: una noche un muchacho de unos treinta y pico de años me levantó en la esquina y me llevó al hotel. Yo sabía que quería hablar y no otra cosa porque no quiso que me desvistiese. Entonces, me largó que se había peleado con su mujer y que se iban a separar y no paraba de hablar. El tipo buscaba la mirada de una mujer. Así que le pregunté si la quería. Él me contestó que sí. Y yo le recomendé que la invitase a tomar algo porque a veces en la casa es difícil hablar, más ellos que tenían hijos. Una salida, por ahí, les posibilitaba escucharse. Si la mujer le gritaba quizás era porque le quería decir algo. Varios meses después me levantó la misma camioneta. Yo no sabía que era él porque me encuentro a mucha gente por día. La cuestión es que, arriba de su camioneta, me ofreció la misma plata que la otra vez (era bastante) y me dio las gracias porque yo lo ayudé a salvar su matrimonio. Y se fue. 


Si querés terminar de leer el artículo, lo podés encontrar en http://casquivana.com.ar/casquivana.html (páginas 12-13). 

6.8.12

Vómito de perro. Sobre la confesión imposible, de Darío Sztajnszrajber


Vómito de perro. Sobre la confesión imposible (fragmento)
Texto: Darío Sztajnszrajber / Imagen: Ángela Astrid

Dicen que la palabra sana, pero a mí las palabras me dan miedo. Dicen que hay que buscar las configuraciones invisibles, pero a mí las construcciones lingüísticas me esclavizan, me someten, me abochornan. Recorrer el habla para poder escuchar no su sentido, sino su sonido. Recorrer el habla no para, o sea recorrerla para nada. ¿Pero por qué la palabra siempre abre nuevas significaciones? ¿Por qué la palabra reproduce más palabras que intentan dar sentido con palabras a lo que se supone que implica otro sentido, otras palabras que no son las que se muestran? Anhelo ese Edén donde las palabras reflejaban la verdadera naturaleza de las cosas, aunque siempre me quedará el sinsabor de no haber podido clasificar a la palabra como una cosa. La palabra no es una cosa, pero las cosas se nos presentan como palabras. Un mundo siempre asimétrico que nos exige poner orden. ¿Pero no es el orden un castigo? En definitiva, ¿qué es una palabra? Si ya la privamos de todo realismo, ¿no es todo lenguaje en algún sentido una confesión? ¿Y no es toda confesión, en otro sentido, la sustanciación de esta puesta que somos y que pretende incesantemente romper la dicotomía entre lo verdadero y lo falso? Pero hay algo peor (o mejor): ¿no es toda confesión, en última instancia, una manera de pedir perdón? Así la ciencia pide perdón por la manipulación de la naturaleza y así el arte pide perdón por hacernos digeribles los sinsentidos. Así la política pide perdón por ocultar las injusticias originarias y así la religión pide perdón porque no hay perdón. No, no lo hay. Nadie termina nunca de salirse de sí mismo, nadie se expropia. Nadie perdona dice Derrida lo imperdonable y por eso el perdón es imposible. Dar es imposible. Los vínculos son imposibles. Lo único posible parece terminar siendo esta podredumbre que se interioriza en este olor que algunos llaman el yo. Es que la confesión nunca arranca las entrañas, no es entrañable. Nada es entrañable, sino que lo que duele y lo que goza siempre es del otro. La confesión es para otro.



Si querés terminar de leer el artículo, lo podés encontrar en http://casquivana.com.ar/casquivana.html (páginas 6-7). 

4.8.12

Confieso que he lucrado, de Clara Anich

Confieso que he lucrado
Texto: Clara Anich / Imagen: Hernán Zaccaría

Según Steve Jobs “Al final todo se reduce a tratar de estar expuestos a las mejores obras de los seres humanos y después tratar de incluirlas en lo que tú estás haciendo (…) Picasso tenía un dicho: ‘Los artistas buenos copian y los artistas geniales roban’, y nosotros nunca hemos tenido reparo alguno en robar ideas geniales”.
El producto es una aplicación de Lilltle I Apps, una compañía de los hermanos Chip y Patrick Leinen –dos jóvenes católicos de South Bend, Indiana– que hicieron para Apple, porque qué mejor que copiar el servicio de una de las grandes industrias de la historia.
Confession: A roman catholic App – Confesión: una aplicación católica romana – es un aplicación que se puede descargar por 1,99 dólares o 1,59 euros para ipad, ipod Touch y iphone desde Apple Store.
Uno podría preguntarse qué necesidad tiene Apple de incluir una aplicación como esta. ¿Sólo el afán de seguir sumando usuarios-fanáticos y seguir confirmándose como el gran producto de elite para las masas? O ¿es que cada céntimo importa?


Si querés terminar de leer el artículo, lo podés encontrar en http://casquivana.com.ar/casquivana.html (página 10).

2.7.12

Confesiones casquivanas (parte 3)


Me encanta chupar pilas un poquito sulfatadas.

Pienso que cualquier tipo me está tirando los galgos apenas hay un poco de buena onda. En realidad nunca supe darme cuenta cuándo me tiran onda, entonces siempre me aparece la duda... por menos que me guste el tipo.

Confieso que cuando estoy aburrida de que me hable, mentalmente mantengo otro diálogo.

Me lavo los dientes con el índice.

Hablo solo. Hablo solo todo el tiempo.

No tengo nada que confesar, no tengo culpas, no me hago cargo. No se me ocurre qué tendría que “confesar”. ¿Algo que está mal? ¿Algo cuestionado socialmente? Al fin de cuentas: ¿Quién no se cogió a la novia de un amigo?

Pasé años de mi vida robando calditos saborizados Knorr (sobre todo de panceta) en un Día%.

Cuando voy a baños ajenos abro puertas y cajoncitos.

Yo sé que es asqueroso, pero no puedo evitar hacerme un té con mis uñas después de cortármelas.

Confieso no revisar los bolsillos de los pantalones cuando van al lavarropas....

29.6.12

Confesiones casquivanas (parte 2)


Tengo una obsesión con acostarme con premios literarios (que suelen ser tan malos como egocéntricos en la cama). Ya coseché un Alfaguara, un Clarín, un Planeta (son los más histéricos) y dos del Fondo Nacional de las Artes.

¡Soy hetero!

Hace unos pocos años me hice pis encima antes de llegar al baño, justo en la puerta.

En la clase de gimnasia me esforzaba mucho para estar en la fila de las vueltas carnero detrás de Claudia Dorado y sutilmente le olía la campera de gimnasia azul con las tiras blancas, me hacía acordar a la casa de mi abuela, ahora pienso que quizás usaban el mismo jabón en polvo.

Cuando era chica escupía a los pelados desde la terraza de mi casa.

Adoro ponerme tacos, vestido, peluca (soy varón) y jugar a que soy Isabelita, poniendo los viejos discursos que Perón mandaba en cassettes cuando estaba en España.

Me saco los mocos. Mucho.

Hace pocos años, estaba mal de guita y el que pide en el subte no tuvo mejor idea que darme todo su desgarrador discurso a mí. Fue terrible: sida, sin trabajo, con hijos, sin plata, etc. Y yo, a pesar de que sabía que no podía darle plata, le sostuve mi mirada todo el tiempo. Llegó el momento de la bolsa para la ofrenda. Elegí uno de los pocos billetes de dos pesos de mi billetera, se lo mostré ni bien entró en la bolsa y lo retiré escondido en el puño de mi mano. Cuando bajé del subte, el mismo billete volvió a mi billetera. 

Cada vez que veo “E.T.”, no puedo evitar llorar como un nene con el final.


* Ilustración de Romina Lardiés

28.6.12

Confesiones casquivanas (parte 1)


Porque somos chusmas, porque sabemos que ustedes también lo son, por eso nos confesamos. Pero para no quedar en offside, le pedimos a todos los colaboradores de Casquivana que nos mandaran su confesión (pueden ir fantaseando mientras miran el staff). Todo anónimo, claro, para no quemarse en público (y para que se animaran, obvio). Es tan anónimo el asunto que ni nosotros sabemos quién dijo qué. ¿Cómo hicimos? Habilitamos una cuenta de correo para que, desde ahí, nos enviaran sus confesiones, pidiéndoles que las borraran inmediatamente después de la carpeta de enviados y la papelera.
En la presentación de ayer en Fedro hablamos un poco de las confesiones como bienes de consumo, y le propusimos a la gente que también escribiera la suya en un papelito, anónimo, y lo metiera en una urna confesionaria. En estos días vamos a estar subiendo algunas de esas respuestas, junto con otras que aparecen en la revista.
Lo que sigue a continuación son confesiones casquivanas, lo más bajo de nosotros, lo que no nos animaríamos a contar en voz alta pero así, en un cuarto oscuro, se convierte en una adicción. Algunas sorprendentes, otras dignas de condena, otras divertidas. Que cada cual se haga cargo de la suya.

Debuté con una señora de 63 años.

Una noche, de chica, estaba jugando con un amiguito al juego de los olores, tendría cuatro o cinco años y él se había quedado a dormir en casa. Nos olíamos, nos tocábamos, nos descubríamos, supongo. Un día, muchos años después, yo tendría dieciséis o diecisiete años y la adolescencia me había pegado bastante más estúpidamente, y mi madre –a cuenta de qué ya no me acuerdo–me dice: "Vos no te podés acordar... pero una vez, te encontré oliéndole el pito a Santiago". Y ahí la vergüenza me tragó por completo, porque no sólo que sí me acordaba sino que me acordaba con simpatía...

Me acabo de afanar una revista.

Soy un cagón. Me hago el superado, el improvisador y el loco pero bien en el fondo soy un cagón con miedo a las cosas nuevas y a los cambios bruscos.

A mi gato le gusta comerse los forros usados. Después los caga. Ya lo hizo dos veces. La primera vez que lo hizo me asusté mucho y le di de tomar aceite de oliva y yogur. La segunda vez lo cagó solo. 

* Imagen de Romina Lardiés