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3.5.13

El corazón de la manzana/4, de Manuel Crespo y Pablo Olivero



El corazón de la manzana
Texto: Manuel Crespo / Imagen: Pablo Olivero

La propuesta sigue abierta: nuestra novela por entregas de creación colectiva, “El corazón de la manzana”, sigue recibiendo autores e ilustradores que quieran sumarse. Ya escribieron Luci Porchietto, Ariel Bermani y Ricardo Romero; e ilustraron Horacio Petre, Joaquín Paolantonio y Daniel Montero Galán. Si querés ser parte, escribimos a info@casquivana.com.ar
Para ponerte al día con la historia, podés darte una vuelta por blog y buscar los capítulos anteriores, podés dar un clic acá.

Capítulo 4

“Ostras”, dijo Magdalena en voz alta. De no haber sido por el cuerpo desparramado en la vereda de enfrente, llegando a la otra bocacalle, se habría sorprendido de sí misma. Ostras. Nunca creyó que vería morir a alguien, pero mucho menos que su primera reacción ante semejante espectáculo sería usar justo esa palabra.
En la calle no había nadie salvo ella. Y el cuerpo, claro. Lo había visto caer desde muy arriba, sin grito. El ruido vino con el impacto: una infinidad de crepitares de huesos condensados en un crepitar más grande, el ruido de todos los huesos del cuerpo rompiéndose al unísono.
Magdalena dijo “Ostras” y ahí parada, las bolsas de supermercado en una mano, el celular todavía en la otra, no dijo nada más por un rato. Durante el tiempo que duró su parálisis, segundos o minutos, podrían haber pasado muchas cosas. Después Magdalena sintió que no estaba respirando bien, que en realidad no estaba respirando. El hombre cayendo le había trastocado el piloto automático de su respiración. Magdalena inhaló como probando el tiraje de un pulmón recién trasplantado.
¿Qué es una ostra exactamente? ¿Cuál es la ostra real? ¿El bichito gelatinoso que habita la concha o la concha que es la casa del bichito gelatinoso? ¿Forman entre los dos, mal que les pese a sus apetitos de individualidad, la Magna Ostra Indisoluble? Y ya que estamos: ¿cuál de los dos vino primero? ¿Acaso son, bichito y concha, el huevo y la gallina de las profundidades oceánicas?
Magdalena no tenía ni la más peregrina respuesta a estas incógnitas, por dos simples motivos: a) No había sido ella quien había formulado las preguntas; b) Había un ostensible cadáver ahí en la vereda: a hacerse cargo, ya basta de escapar por la tangente.
El cuerpo había levantado sangre al golpear el suelo. Así como suena, no hay manera mejor de describirlo. Como cuando un objeto pesado levanta polvo al aterrizar, sólo que en vez de polvo, bueno, lo dicho un par de oraciones atrás: sangre. Una explosión roja de sapo reventado. Casi una nube de sangre, un rocío leve como el líquido que disparan los aerosoles.
Cruzar la calle le iba a costar mucho más que una decena de pasos. Contra lo que se cree, una persona común reacciona muy convencionalmente ante una situación extrema. Después de todo, por algo es común. Es decir: la persona de marras cruza la calle, confirma la inexistencia de pulso, se inmuta menos de lo que hubiera pensado ante la obscenidad de las vísceras al aire, llama a algún servicio de urgencias o a la policía. Rompe en llanto horas después, mientras le cuenta la anécdota a su esposa o su marido en la cama, antes de apagar la luz, tapándose los ojos con las manos para no ver todos los años de terapia que se le vienen encima como una estampida de búfalos. Pero la gente común no dice “Ostras” cuando ve morir a alguien, y esto Magdalena sí lo sabía.
Aspiró una bocanada plenamente consciente de sí misma. De la bocanada, esto es. Porque del resto de su humanidad Magdalena ya tenía poco o nulo discernimiento. Había puesto las piernas en acción sin darse cuenta. Había pisado la calle y avanzado como si el asfalto fuera un río hecho hielo, las manchas de brea grietas alarmantes, los baches agujeros que algún pescador esquimal abandonó hace apenas unos momentos. Podríamos seguir con las metáforas de corte boreal la ciudad petrificada y quieta, los edificios como icebergs—, pero tenemos que llevar esto a algún puerto, sea éste bueno o malo, y los caracteres con espacios no nos sobran.
Otro efecto colateral que el cuerpo cayendo había inoculado en Magdalena había sido una pérdida absoluta de conocimiento geográfico. Cuántas veces había ido y venido por esa vereda. Ahora, sin embargo, la cuadra entera era cualquier cuadra de cualquier ciudad.
Hay que tener agallas para lanzarse o ser lanzado desde lo alto de un edificio y no gritar. Reprimir la vibración de las cuerdas en la glotis, hipotecar los aullidos mientras la gravedad lo succiona a uno hacia la muerte. Hace falta mucha valentía para aceptar la muerte calladito, como un suicida experimentado, si se nos permite el oxímoron. El hombre cayendo no gritó. No dijo esta boca es mía ni “¡Jerónimo!” ni “¡Banzai!” ni “La suma de los catetos es igual a la hipotenusa al cuadrado”, lo que por otra parte hubiera sido un desafío más que interesante, dada la difícil articulación entre el largo de la frase y la velocidad de la caída. Hubiera sido una buena pista para la policía científica. “Suponiendo que el 70 por ciento de las víctimas alcanza a emitir alrededor de tres sílabas por piso, es dable calcular que en este caso el fallecido se lanzó o fue lanzado desde el sexto o el séptimo piso del inmueble...” Algo así, digamos.
Lo único cierto, de todas formas, es que el hombre cayendo no gritó. Tal vez, quién te dice, en este punto radique una clave fundamental para resolver el misterio más adelante. Pero eso ya es un problema de otro.
A unos diez metros del cuerpo, Magdalena sintió que algo despertaba dentro de su mano. El celular. Otra vez la musiquita espantosa que le había programado el sobrino. Le había dicho: “Esto es lo último de lo último, tía” y después había pronunciado un nombre difícil, extranjero. La Novó Cumbián. La máxima sensación en todos los reventones tropicales habidos y por haber. Rupturismo  y perreo. Poesía dislocada y rallador. Y un conjunto por encima de los otros: Sorrentino y los Pancetas. Magdalena abrió la mano y la voz trémula de Éufrates Sorrentino trepó por el aire hasta ella:
La hiciste bien cuando te fuiste:
Me dejaste el avestruz y el alpiste
Pero el avestruz alpiste no come,
Ya me picoteó todos los sillones
Y me vació de escapes el botiquín.
Anoche, al oírlo trotar en el jardín,
De los gladiolos a la garrafa
—la insana carrera sin fin
De esta cruza de pato con jirafa—
Recordé el día que me lo mostraste.
De nuevo el número desconocido. El mismo que antes. Magdalena pensó en don Antonio. Pensó y al mismo tiempo lo vio, para hablar con propiedad. Pensó en don Antonio llamándola desde algún lugar que no era su departamento y lo vio ahí tirado en la vereda, convertido en una pulpa de alguna fruta nauseabunda. Don Antonio cayendo. Sin grito. Magdalena otra vez se olvidó de respirar. Quién sabe: tal vez no se hubiera acordado de volver a hacerlo si eso blando y liviano no le hubiera golpeado en la cabeza un instante después de descubrir a su patrón muerto y requetemuerto en el suelo de esa cuadra de esa calle de esa ciudad. El papel higiénico cayó y rodó un par de metros sobre las baldosas. Todavía quedaba más de la mitad sin desenrollar.
Magdalena siguió con la mirada el papel hacia arriba y se encontró con la mano sosteniendo la otra punta a través la ventana del cuarto piso. ¿Era una mano nomás? No, su dueño no pudo reprimirse: asomó medio cuerpo y miró hacia abajo. El exhibicionismo, los derechos de autoría. A algunos les pica por ahí.
O no. El hombre tenía puesta una careta de oso panda. Saludó a Magdalena con la mano libre y soltó la punta del papel higiénico, que aterrizó sin brusquedad a los pies de la mujer. Después el oso panda hizo bocina con las manos alrededor de la boca agujereada de la careta.
Para mí que a los setenta metros llega tranquilo —exclamó.
Ostras.


Publicado en Casquivana 5: www.casquivana.com.ar

17.9.12

El corazón de la manzana (tercera entrega)



El corazón de la manzana (tercera entrega)
Texto: Luci Porchietto / Imagen: Horacio Petre

Si estuviera Magdalena, pensó, le pediría que fuera a comprarle un metro. Sin decirle, por supuesto, para qué. Si se animara volvería al pasillo para hablar con alguna de las vecinas. O con el encargado. El encargado. Le volvió la cara del tipo y entonces se dio cuenta de que había dado con la solución al pequeño problema en el que estaba metido. Abrió apenas la puerta, recuperó la llave, la puso del lado de adentro. Sin quitarse el saco, se apuró hasta la habitación, se sentó en la cama y levantó el tubo del teléfono. Se obstinaba por escuchar el sonido del otro lado. Nada. Silencio. El viejo bufó. No recordaba ni el número de su hijo. Ni siquiera sabía con quién quería hablar, pero necesitaba saber que el teléfono funcionaba. Estuvo un rato vigilando el silencio con obstinación, hasta que colgó el auricular mudo. No sonaba nada, ni siquiera el pip sostenido, una de las pocas cosas que no había cambiado desde su juventud. Eso y su terquedad que sólo se había acentuado.
Se puso nervioso. Maldijo el momento en que empezó todo ese tema de la basura. De ir a buscar la bolsa equivocada, nomás para tener razón y contrarrestar la hostilidad de Magdalena. Ella parecía estar esperando el momento en el que él se empezara a perder, a ser uno de esos viejos horribles que se quedan tirados en un rincón. Así le dijo lo de la basura. Era como si estuviera diciendo “está empezando a chochear. No importa lo inteligente que haya sido, no importa lo feliz o desgraciado que consiguió estar. Usted, un día, va a empezar a decir estupideces, como todos esos viejos horribles que supo esquivar”. Todo eso decía Magdalena en tres palabras, todo eso lograba decir ella que era tan calladita.
Nadie le había contado que la vejez era esto. La fatalidad la constituye (¿quién puede, en todo caso, decidir si quiere envejecer o no?) pero es verdad que nadie quiere a los viejos. Ni siquiera Magdalena que recibe, precisamente, dinero a cambio de propinarles un poco de atención. Pero los odia.
El viejo no la culpa: él mismo se maltrataría, se laceraría su propia piel si tuviera la entereza suficiente. ¿O es que acaso ya lo estaba haciendo?
Con el papel enrollado en una de sus manos, caminó penosamente hasta el comedor para ver la hora. El reloj barato colgado en la pared lo inquietó: las agujas estaban fijas como los adornos inútiles de la repisa. Nada funcionaba en esa casa. Magdalena no llegaba, y él empezaba a necesitarla imperiosamente. Nunca es bueno estar desesperado. Quería un pantalón limpio. Que lo ayude a asearse también quería. Saber dónde estaban las toallas lavadas y los jabones. Que lo bañe. Hacía tiempo que ya había perdido la vergüenza. El viejo entregaba sus huesos vetustos y sus carnes fláccidas a las manos rudas y desamoradas de Magdalena: era como si lo tocara un hombre o, peor, era como si lo tocara una mujer desamorada.
Volvió caminando con más soltura y se sentó al lado del teléfono sin soltar el rollo de papel. Temió estar enloqueciendo. ¿Estaba esperando, en verdad, la llegada de esa vieja huesuda y desalmada? ¿Tan poco valía él? ¿No podía salir y hablar con los vecinos? ¿Intentarlo, aún sabiendo que estaban todos muertos? ¿Qué había hecho durante toda su vida para terminar con un rollo de papel en una mano esperando la llegada de una asistente? Siempre lo había sospechado: no servía de nada envejecer. “Si lo puedo pensar, no enloquezco” repetía como si fuera un mantra. Así se fue calmando.
Se tomó del apoyabrazos del asiento y pudo ponerse de pie. Volvió despacio hasta su habitación. Abrió el ropero y hurgó entre sus ropas. Se envalentonó: finalmente, podía solo. Tomó el primer pantalón que encontró. Lo llevó hasta sus narices con la intención de olerlo, pero no hubo caso: hacía tiempo que ni los olores ni el gusto de las comidas eran para él un asunto discernible. Supuso que estaban limpios entornando los ojos. Entonces, se sacó los viejos pantalones manchados de orín e incluso se avergonzó un poco al palpar la humedad de la entrepierna en la tela vacía del pantalón. Recién entonces, con la tela retorcida sobre su falda desnuda, llegó a tener verdadera conciencia de su estado. Pidió enloquecer para no sentir, pero sospechó que acaso la locura era, precisamente, sentir todo.
De hecho, sintió miedo, pero hasta el miedo es insípido cuando uno es demasiado viejo.
Intentó incorporase para ponerse el pantalón, pero cayó de costado. El papel higiénico rodó desde el colchón de lana hasta el piso, y se detuvo en el marco de la puerta. El viejo se lo quedó mirando hasta que los ojos se le cerraron. Estaba muy cansado.

Cuando sonó su celular, Magdalena venía caminando por la calle y apenas escuchaba el sonido horrible que su sobrino le había seteado sin ganas. No conocía el número del identificador de llamadas. Atendió intrigada. Dijo “Hola” unas cuantas veces sin tener respuesta hasta que, a lo lejos, sintió venir una voz deshilachada.
—¿Tendrán de verdad setenta metros como dicen?
Al escuchar la voz quedó parada en el medio de la vereda. Reconoció el titubeo mezquino del viejo y se persignó: el teléfono del departamento estaba cortado desde hacía meses. ¿Con qué fuerzas había caminado y hacia dónde?



20.12.11

El corazón de la manzana 2

El corazón de la manzana 2
Texto: Ariel Bermani | Ilustración: Joaquín Paolantonio

Entró, con el rollo de papel apretado contra el pecho, sin abrir del todo la puerta, girando para entrar de costado y cerrando la puerta a sus espaldas, con el pie, despacito. Nada de ruidos, nada de llamar la atención.
El dolor de huesos era lo más parecido a la vida, en la vida de Don Antonio. Le devolvía, apenas, un  fueguito de la sensación, tal vez perdida ya, de que algo estaba latiendo todavía en su cuerpo. Si los huesos chillaban, era porque todavía estaban ahí. Ahora que todo lo demás se le fue, el dolor era, al menos, una señal.
No hizo girar la llave en la puerta, no guardó el papel higiénico en la alacena del baño. Caminó lento hasta su sillón y se dejó caer, estirando las piernas. El papel sobre el pecho y los ojos cerrados.  El almuerzo, que todos los días prepara Magdalena, con poca sal y poco esmero, estaba lejos, en la cocina. Don Antonio sabe que en algún momento se levantará del sillón para calentar en el microondas lo que esa mujer con poca sal y poco esmero le ha preparado. Pero es temprano todavía. En otra época le gustaba tomar una medida de whisky  a la mañana, antes de prender el primer cigarrillo, para que la sangre circulara con más velocidad por el cuerpo.  Después, salir  a la calle era otra cosa. Las imágenes se agrandaban y a él le entraban ganas de correr los riesgos necesarios. Ahora, si toma whisky, incluso si toma algo más suave, cerveza, por ejemplo, automáticamente se queda dormido.  
Sin abrir los ojos, sacó el papel de la bolsa y empezó a abrirlo. Primero lo desenvolvió y le buscó la punta, con la yema de los dedos. Después lo hizo rodar sobre el piso, quedándose con un poco de papel en las manos. El papel se estiró, fue ocupando una zona amplia. Recién en ese momento abrió los ojos y la saliva -un poco de saliva- le salió por la comisura de los labios. Siempre quiso saber si realmente había setenta metros de papel higiénico enrollado.  Ahora necesitaba encontrar un metro. Se acordó que tenía uno, en alguna parte. Tal vez en la caja de herramientas. Pero dónde estaba la caja de herramientas. En los últimos años, su relación con esa caja fue efímera, para no decir inexistente. Pero necesitaba un metro. Pensó, incluso, en levantarse del sillón y salir al pasillo. El encuentro con alguna de las mujeres del piso no sería lo más adecuado, pero supo también que no podía seguir así, sentado, mirando el papel higiénico en el piso, sin saber dónde estaba el metro. Si todavía conservaba algo de coraje, tenía que salir, tocar uno de los dos timbres posibles, pedir ayuda. La docente jubilada, en realidad, no le parecía la primera opción. La otra mujer, la que recibe hombres, tal vez podría ser la adecuada. Alguno de los hombres, por qué no, podría tener un metro en el bolsillo del saco o en un bolsillo del pantalón. La cuestión se podría resolver si le abrían la puerta, si él lograba explicarse con propiedad, si la mujer no lo tomaba por loco, si alguno de esos hombres se mostraba predispuesto a ofrecer el metro. Pero también podía esperar hasta la mañana siguiente. Magdalena debe saber, pensó, dónde está la caja de herramientas. Este último pensamiento lo serenó y decidió, al menos en forma provisoria, continuar así: sentado, las piernas estiradas, el papel higiénico a sus pies.
Magdalena nunca sabe nada, pensó después, enseguida lo pensó. Se acordó de la mañana en que le preguntó a esa mujer dónde estaba su álbum de fotos. Qué álbum, preguntó ella. El mío, dijo él. Cuál. El de mi casamiento. Cuándo se casó usted, preguntó ella, con un poco de malicia en los ojos y Don Antonio sintió deseos de apretarle el cuello con toda su fuerza, no hasta matarla, pero sí hasta que ella perdiera esa expresión estúpida y un poco sobradora con que solía mirarlo. No lo hizo, no le apretó el cuello, pero decidió moderar sus comentarios, no involucrar a Magdalena en sus cosas.
El metro, pensó. Y se paró de golpe. Una pierna, después la otra, un brazo, la cintura girando, todo su cuerpo se puso en movimiento y llegó hasta la puerta del baño. Antes de abrir, un ruido en el pasillo lo detuvo. Ruido de pisadas. Voces. Trató de entender qué decían, tal vez la mujer que recibe hombres en su casa estaba llegando. O era la maestra jubilada la que llegaba. No tuvo mucho tiempo para especular. Los ruidos desaparecieron y él se miró la mano derecha, la mano que había quedado detenida en el aire cuando estaba por abrir la puerta del baño.
Otra vez el dolor de huesos. Como un pinchazo. En la mano. Los dedos quedaron paralizados sobre el picaporte. Y volvieron los ruidos. Algo que parecía una discusión se estaba metiendo en su casa. Una voz de hombre, una voz de mujer, voces un poco graves. Pensó que podría salir -si los huesos se lo permitían- y pedirles un metro. También pensó que esa era la idea más estúpida que había tenido en años. Se imaginó irrumpiendo en el pasillo, metiéndose en el medio de una discusión, para pedir un metro. ¿Y si le preguntaban para qué lo quería? ¿Iba a responderles que lo quería para medir el rollo de papel higiénico?
Lo mejor sería salir a la calle. Estirar el papel y comprobar así hasta dónde llegaba. Poner una piedra en la punta y empezar a desenrollarlo. Setenta y cuatro metros es casi una cuadra. Tres cuartos de cuadra. No sería difícil darse cuenta si llega hasta tres cuartos de cuadra o hasta media cuadra o hasta un cuarto. No podría saberlo con precisión, pero sí aproximadamente, que es casi lo mismo.
Entró al baño, se bajó la bragueta. Mientras orinaba, pensó en lo que estaba por hacer y eso lo distrajo de su ocupación inmediata. El pis le mojó el pantalón y, además de mojar también la tabla del inodoro –que nunca levanta-, cayó al piso, formando un charco. No le importó. Lo pisó, para aplastarlo, pero lo que consiguió fue enchastrar más el piso. Volvió al living sin lavarse las manos, ni mirarse al espejo. Perdió la costumbre de mirarse al espejo, ya casi no se acuerda de su cara. Buscó, con la vista, un abrigo. Se puso un saco. Guardó el papel higiénico en un bolsillo. Ya la discusión se había apagado. Antes de guardar el papel trató de volver a enrollarlo lo mejor posible. No quería desperdiciar ni un centímetro.
Abrió la puerta. No había luz en el pasillo. Sin prenderla, sacó la llave de adentro y la metió en la cerradura del lado de afuera. Cuando iba a cerrar oyó el ruido de otra llave, cerca, y se apuró para volver a entrar. Espió por la cerradura. No vio nada. Seguía oscuro. Mientras sentía que le volvían las ganas de orinar, se dio cuenta de que la llave le había quedado del lado de afuera. 
Si estuviera Magdalena, pensó, le pediría que fuera a comprarle un metro. Sin decirle, por supuesto, para qué. Si se animara volvería al pasillo para hablar con alguna de las vecinas. O con el encargado. El encargado. Le volvió la cara del tipo y entonces se dio cuenta de que había dado con la solución al pequeño problema en el que estaba metido. Abrió apenas la puerta, recuperó la llave, la puso del lado de adentro. Sin quitarse el saco, se apuró hasta la habitación, se sentó en la cama y levantó el tubo del teléfono.  

17.12.11

El corazón de la manzana 1

El corazón de la manzana
Texto: Ricardo Romero / Ilustración: Daniel Montero Galán

Un poco así, entre inconclusa y errante, es la propuesta de Callejeras. Esta sección, que inauguramos en Casquivana2, busca modelar con palabra, ese deseo latente, atravesado por las contingencias, que es Casquivana. Entonces, surgió la idea de un juego, ni original ni primero, la versión adulta del tomala-vos-dámela-a-mí. Un juego, casi podría decirse infiel. Una novela que pasará, capítulo a capítulo, noche tras noche, por la mano de distintos escritores. Algunos buscados, otros sugeridos. Todos bienvenidos a continuar con este primer capítulo de Callejeras, que inicia Ricardo Romero. Si sos vos quien quiere seguirla, escribinos.


1.
El principio del día era el dolor en los huesos. Eso había decidido, porque después de ochenta años creía tener el derecho a determinar a su antojo cuándo empezaban y cuándo terminaban las cosas. Aunque los ojos se le abrían indefectiblemente antes de que la primera claridad se mostrara por la ventana, alrededor de las cinco y media de la mañana; aunque se quedaba una hora y media con los ojos abiertos mirando cómo la habitación cambiaba a medida que la claridad crecía (y ése era el único sueño posible, el único entramado onírico que le quedaba luego de un sueño vacío de imágenes); aunque a la siete en punto oía entrar a Magdalena al departamento, bufar un poco y desplegarse por la casa hasta el momento de entrar en la habitación y despertarlo (y él cerraba los ojos para dejarse despertar, siempre de cara al techo); aunque luego le costara levantarse y demorara siempre buscando las pantuflas, el día no comenzaba hasta que un hueso se decidía a chillar. Nunca sabía en qué momento iba a ocurrir. Podía ser ante el primer esfuerzo para erguirse en la cama o ponerse de pie, podía ser más tarde, ya en el baño, mientras se lavaba los dientes, durante el desayuno o cuando luego volvía a la pieza para vestirse, en el momento de calzarse los mocasines, o incluso podía demorarse media mañana y sacudirlo mientras leía o hacía que leía, sentado en su sillón favorito, aletargado por el ir y venir de Magdalena en el departamento, limpiando, ordenando y cocinando. Pero hasta que algún hueso cualquiera no doliera él sentía que el día no había comenzado. Por eso esa mañana se sorprendió al sentirse requerido.
–Se olvidó de sacar la basura, don Antonio.
–¿Qué?
–Que se olvidó de sacar la basura.
De todas las tareas del hogar, ésa era la única que le correspondía a él. No era un capricho de Magdalena, mujer de formas ampulosas y movimientos medidos que hubiese considerado el antojo como un gasto de energía innecesario: si había que sacar la basura, ella la sacaba, si no había que hacerlo, no lo hacía. Era una disposición de él, algo que le quedaba de alguna de sus vidas pasadas, no sabía si de la infancia, de sus años de soltero empedernido o de alguno de sus tres matrimonios. Sacar la basura. Salir del departamento, encender la luz, recorrer el tramo de pasillo hasta lo que alguna vez había sido la boca del incinerador y ahora era un cuartucho maloliente, dejar la bolsa y retirarse llegando indefectiblemente después de que la luz del pasillo se apagaba. Era su excursión diaria. El momento para respirar un aire distinto al suyo, aunque fuera el aire de un pasillo desmejorado en un séptimo piso de un edificio que nunca había conocido épocas mejores.
Don Antonio levantó la cabeza del libro que estaba leyendo y miró a Magdalena arqueando las cejas.
–La basura don Antonio, ¿quiere que la saque?
No, no quería, y tampoco quería que le siguiera repitiendo que no había sacado la basura como si no entendiera. Su desconcierto venía de otra parte. Él recordaba, estaba seguro de haberla sacado la noche anterior. Podía tener ochenta años, arrastrar los pies y no hablar mucho, pero eso no quería decir que no pudiera recordar. Al contrario, su memoria era perfecta y detallista. Él había sacado la basura. Pero como los años que lo habían vapuleado le habían dejado algunas cosas a cambio, no intentó contradecir a Magdalena. Tal vez había sacado la bolsa equivocada. Siempre había demasiadas bolsas en la cocina.
–No gracias, Magdalena. Si ya terminó con la comida puede retirarse. Yo la saco más tarde.
Media hora después don Antonio estaba solo en el departamento. Era ya cerca del mediodía y la luz del sol caía a pique sobre el corazón de la manzana. A don Antonio le gustaba mirar por la ventana del living el corazón de la manzana, no porque hubiera algo especial ahí, sólo un techo lleno de escombros y algunos gatos sagaces cazando palomas, sino porque se llamaba corazón de la manzana. Si tenía fuerzas y era capaz de terminar la novela que tenía empezada desde hacía varios meses, le pondría de título “El corazón de la manzana”, aunque esa expresión no tuviera nada que ver con lo que ocurría en la novela. Pero era una frase tentadora. Era un título excelente de lo malo que era. Don Antonio rió un rato, sin demasiada convicción. Estaba en una de esas etapas en las que su única relación entusiasta con los libros era armar peligrosas torres sobre la mesa del comedor. Una especie de jenga solitario. Se resignó, también, sin demasiada convicción, y se dispuso a resolver el misterio de la basura.
Fue hasta la cocina y constató, efectivamente, que la bolsa todavía estaba ahí. La intriga entonces se centraba en la bolsa que había sacado el día anterior. Podía esperar hasta la noche, que era el horario permitido para sacar la basura. Sabía que el portero sólo pasaba día por medio y lo que fuera que hubiese sacado todavía estaría ahí. Recordaba que era una bolsa pequeña y liviana, porque a pesar de que en su trajinar diario don Antonio apenas producía algunos saquitos de té y sobras de comida, él se empecinaba en sacarla todos los días. Un día no era un día si no dolía un hueso. Un día no era un día si no sacaba la basura. Estaba ya encaminado hacia la puerta del departamento cuando lo asaltó la pregunta. ¿Entonces qué clase de unidad temporal había tramado sacando una bolsa que no era basura, y cuál estaba provocando ahora, que sacaba una bolsa sabiendo que a la noche sacaría otra? Decidió pensar en eso después. Tenía toda la tarde para hacerlo.
Abrió la puerta despacio, tratando de que las bisagras no sonaran. Quería evitar, a toda costa, cualquier posible encuentro con los vecinos. De los otros tres departamentos del piso había uno deshabitado, y en los otros dos vivían mujeres de mediana edad. Una de ellas recibía hombres en su casa a toda hora, la otra, la única que había leído alguno de sus libros, o al menos eso decía, era la más temible: una docente jubilada que daba clases particulares.
Demoró unos segundos en encender la luz tratando de encontrar una diferencia en la penumbra del pasillo, algo que lo distinguiera del que solía recorrer al anochecer, pero le pareció idéntico. Encendió la luz y avanzó. Al pasar junto al ascensor, sobre la puerta metálica cerrada, volvió a leer el precario cartel escrito a mano: “El ascensor se encuentra descompuesto. Use las escaleras”. Lo había visto la noche anterior y no le había prestado atención. Hacía más de tres meses que no salía del edificio, desde su última visita al médico para un chequeo, y por lo tanto no le pareció que ese mensaje estuviera dirigido a él. Pero ahora un malestar lo invadió, algo impreciso que lo acompañó hasta el incinerador, mientras revisaba las bolsas de basura para encontrar la que había dejado por la noche. Efectivamente se había equivocado de bolsa. La que había sacado contenía el último rollo de papel higiénico que le quedaba. Tendría que avisarle a Magdalena que había que comprar más. Dejó la bolsa correcta y con el papel higiénico en mano volvió a su departamento. Al pasar junto a la puerta del ascensor, se detuvo. Leyó el cartel otra vez. Apoyó el oído para escuchar, se asomó por la rendija para ver. No se escuchaba nada y todo era negro. ¿Cuánto tiempo estaría así? ¿Es que en el consorcio nadie pensaba en quienes no podían bajar escaleras? Se indignó, se mareó. Fue pensar eso y sentir, primero en la planta de los pies y después en el resto del cuerpo, la imperiosa necesidad de bajar, de salir. La luz del pasillo se apagó y la escalera relució en la penumbra. Estaba el papel higiénico en las manos y la puerta entreabierta del departamento. Eso lo detenía. Pero entonces los huesos le dolieron y el día comenzó inexorablemente.