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20.5.13

16.5.13

Ganas, de Michelle González Amador y Belén Echeverría



Ganas

Texto: Michelle González Amador / Imagen: Belén Echeverría



(Texto para leerse como pregunta)



Cómo lees los textos

En voz alta

Cómo escribes

Con caligrafía precisa

Esa delicia exacta

Del braille en tu espalda



Cómo lees los versos en voz baja

Indeciso cantando guajiras

En voz baja

Cuanto más correcta

La palabra

Cuanto más entonada

La voz baja

Penetra

Retumba en el tímpano

Cual guijarro sobre agua



Cómo lees los textos

Si no tienes

Ganas.



Publicado en Casquivana 5: www.casquivana.com.ar

7.5.13

El camino de la siesta, de Nicolás Correa y Horacio Petre



El camino de la siesta
Texto: Nicolás Correa / Imagen: Horacio Petre

I
ahí tus manos
medio agarrando un junco
acá cerca del témpano rígido y naciente
hincando la rodilla en tierra
los pastos pinchan mis muslos
las pantorrillas los brazos
me hacen cosquillas en las pelotas
el viento describe una elipsis de silencio el viento parece que dice cosas y silba como el Chuck cuando viene de pegar cincuenta
el viento se vuelve traicionero
molesta

miro el pequeño mundo
el calor del sol de la siesta me pega en la nuca
miro lejos el camino de la siesta
indefinido
no puedo decirte qué estuvimos haciendo
pongo una mano en tu boca
el calor hace que mi lengua se pegue al paladar
seco
qué llorás callate
los pastos se me meten en el culo
cuando me pongo de cuclillas
huelo el cuerpo
huelo
es una fragancia cargada de miedo
tan violenta que me parece que va a arrasar con el viento y va a despellejarme a quemarme vivo a calcinarme
inhalo ese miedo y me pudre por dentro
envenena la sangre
como un cartón
el padre Juan me preguntó dónde guardaba el amor
qué se yo dónde mierda se guarda el amor
el sol en lo alto
baja siempre apretando mis rodillas contra la tierra

es mi verga
solamente ella delante de mí tu cuerpo
es un lugar hostil lleno de recovecos
qué importa
el sacrificio
se trata de eso nada más encontrar
el espacio donde sangrás
y mandarle mecha
aunque se tensen tus músculos
y retengas mi verga dentro para
que no salga más

yo quiero que te duela
que de la punta de mi pija
salga un lagrimal de sangre
un coágulo
que se explote cuando caiga al pasto
y pierda la gravedad
una coartada para todos estos días
en que no puedo dormir
y el tambor en mi cabeza
tum tum tum tum tum tum

dónde guardas el amor porque en algún lado está escondido
y yo creo que es un alien
que espera el momento indicado


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4.5.13

Fernando Wolk es muy bueno para



Soy muy bueno para
Fernando Wolk

Las 50 pulgadas de mi Led dicen que el revés de Federer raspó la línea, pero la señora rubia de cincuenta bien coquetos dice que no, que fue apenas afuera, aunque “apenas” ahora no tiene importancia. El ojo de halcón en pantalla gigante le da la razón. Punto para ella, que esconde su vanidad y sonríe para adentro. “¡Y lo que debe ser cocinando!”, agrega el relator con lógica caprichosa. Me pongo de acuerdo rápidamente y pienso que con esa vista de lince debe hacer unas empanadas increíbles. Porque sí, porque se nos antoja pensar que es realmente buena para eso, igual que mi tía Delia. En HD hay dos tipos peleando al viento como Truman para escaparse del set. Confieso que hasta ahora mi interés por la náutica decía que un barco no era más que una cosa que flota en el agua, pero acabo de enterarme que los remeros británicos son un doble par sin timonel. Están tapados de músculos y como son los más veloces ganan el oro. Qué bien lo hacen, pienso con la envidia de mi sobrepeso, al tiempo que recuerdo una conversación perdida en el tiempo: “Qué belleza”, le dije con ironía a mi jefe al advertir a la nueva compañera. “Si vende, es linda” respondió tajante. ¡Y como vendía esa mujer, por Dios! El tipo que me lleva en Taxi esquiva obstáculos como si tal cosa. Estoy apurado y él desparrama maestría al mando de su Ford. Talento construido con práctica supongo. Otros tienen un Don. Algo así como la garantía de calidad. Cualquier Don te hace muy bueno para algo. El Dr. House cura al grillo de su compañero de celda con una extraña mezcla de bicarbonato, al tiempo que diagnostica un cáncer de lo más raro. El tipo es realmente bueno para eso. Mi amigo Ale y su infinito romance con las brasas. Messi. Y Tito, el encargado, que arregla lo que sea. Y Cristo, que clavado en una cruz hace más de dos mil años, sigue asociando gente. Yo soy un tipo normal, apenas suficientemente bueno para algunas cosas. Olvidadizo y torpe, eso sí. Como el otro día, que rodé por la escalera por mirar la cola de ella, que mostró la mejor risa de todos los tiempos antes de decirme que soy un nabo. Aunque yo sin vergüenza y desde el piso le aclaré que “cogiendo soy un fenómeno”. Porque si para algo soy bueno es para eso… para meter el bocadillo inesperado, hacer un chiste e irme silbando bajito.

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3.5.13

El corazón de la manzana/4, de Manuel Crespo y Pablo Olivero



El corazón de la manzana
Texto: Manuel Crespo / Imagen: Pablo Olivero

La propuesta sigue abierta: nuestra novela por entregas de creación colectiva, “El corazón de la manzana”, sigue recibiendo autores e ilustradores que quieran sumarse. Ya escribieron Luci Porchietto, Ariel Bermani y Ricardo Romero; e ilustraron Horacio Petre, Joaquín Paolantonio y Daniel Montero Galán. Si querés ser parte, escribimos a info@casquivana.com.ar
Para ponerte al día con la historia, podés darte una vuelta por blog y buscar los capítulos anteriores, podés dar un clic acá.

Capítulo 4

“Ostras”, dijo Magdalena en voz alta. De no haber sido por el cuerpo desparramado en la vereda de enfrente, llegando a la otra bocacalle, se habría sorprendido de sí misma. Ostras. Nunca creyó que vería morir a alguien, pero mucho menos que su primera reacción ante semejante espectáculo sería usar justo esa palabra.
En la calle no había nadie salvo ella. Y el cuerpo, claro. Lo había visto caer desde muy arriba, sin grito. El ruido vino con el impacto: una infinidad de crepitares de huesos condensados en un crepitar más grande, el ruido de todos los huesos del cuerpo rompiéndose al unísono.
Magdalena dijo “Ostras” y ahí parada, las bolsas de supermercado en una mano, el celular todavía en la otra, no dijo nada más por un rato. Durante el tiempo que duró su parálisis, segundos o minutos, podrían haber pasado muchas cosas. Después Magdalena sintió que no estaba respirando bien, que en realidad no estaba respirando. El hombre cayendo le había trastocado el piloto automático de su respiración. Magdalena inhaló como probando el tiraje de un pulmón recién trasplantado.
¿Qué es una ostra exactamente? ¿Cuál es la ostra real? ¿El bichito gelatinoso que habita la concha o la concha que es la casa del bichito gelatinoso? ¿Forman entre los dos, mal que les pese a sus apetitos de individualidad, la Magna Ostra Indisoluble? Y ya que estamos: ¿cuál de los dos vino primero? ¿Acaso son, bichito y concha, el huevo y la gallina de las profundidades oceánicas?
Magdalena no tenía ni la más peregrina respuesta a estas incógnitas, por dos simples motivos: a) No había sido ella quien había formulado las preguntas; b) Había un ostensible cadáver ahí en la vereda: a hacerse cargo, ya basta de escapar por la tangente.
El cuerpo había levantado sangre al golpear el suelo. Así como suena, no hay manera mejor de describirlo. Como cuando un objeto pesado levanta polvo al aterrizar, sólo que en vez de polvo, bueno, lo dicho un par de oraciones atrás: sangre. Una explosión roja de sapo reventado. Casi una nube de sangre, un rocío leve como el líquido que disparan los aerosoles.
Cruzar la calle le iba a costar mucho más que una decena de pasos. Contra lo que se cree, una persona común reacciona muy convencionalmente ante una situación extrema. Después de todo, por algo es común. Es decir: la persona de marras cruza la calle, confirma la inexistencia de pulso, se inmuta menos de lo que hubiera pensado ante la obscenidad de las vísceras al aire, llama a algún servicio de urgencias o a la policía. Rompe en llanto horas después, mientras le cuenta la anécdota a su esposa o su marido en la cama, antes de apagar la luz, tapándose los ojos con las manos para no ver todos los años de terapia que se le vienen encima como una estampida de búfalos. Pero la gente común no dice “Ostras” cuando ve morir a alguien, y esto Magdalena sí lo sabía.
Aspiró una bocanada plenamente consciente de sí misma. De la bocanada, esto es. Porque del resto de su humanidad Magdalena ya tenía poco o nulo discernimiento. Había puesto las piernas en acción sin darse cuenta. Había pisado la calle y avanzado como si el asfalto fuera un río hecho hielo, las manchas de brea grietas alarmantes, los baches agujeros que algún pescador esquimal abandonó hace apenas unos momentos. Podríamos seguir con las metáforas de corte boreal la ciudad petrificada y quieta, los edificios como icebergs—, pero tenemos que llevar esto a algún puerto, sea éste bueno o malo, y los caracteres con espacios no nos sobran.
Otro efecto colateral que el cuerpo cayendo había inoculado en Magdalena había sido una pérdida absoluta de conocimiento geográfico. Cuántas veces había ido y venido por esa vereda. Ahora, sin embargo, la cuadra entera era cualquier cuadra de cualquier ciudad.
Hay que tener agallas para lanzarse o ser lanzado desde lo alto de un edificio y no gritar. Reprimir la vibración de las cuerdas en la glotis, hipotecar los aullidos mientras la gravedad lo succiona a uno hacia la muerte. Hace falta mucha valentía para aceptar la muerte calladito, como un suicida experimentado, si se nos permite el oxímoron. El hombre cayendo no gritó. No dijo esta boca es mía ni “¡Jerónimo!” ni “¡Banzai!” ni “La suma de los catetos es igual a la hipotenusa al cuadrado”, lo que por otra parte hubiera sido un desafío más que interesante, dada la difícil articulación entre el largo de la frase y la velocidad de la caída. Hubiera sido una buena pista para la policía científica. “Suponiendo que el 70 por ciento de las víctimas alcanza a emitir alrededor de tres sílabas por piso, es dable calcular que en este caso el fallecido se lanzó o fue lanzado desde el sexto o el séptimo piso del inmueble...” Algo así, digamos.
Lo único cierto, de todas formas, es que el hombre cayendo no gritó. Tal vez, quién te dice, en este punto radique una clave fundamental para resolver el misterio más adelante. Pero eso ya es un problema de otro.
A unos diez metros del cuerpo, Magdalena sintió que algo despertaba dentro de su mano. El celular. Otra vez la musiquita espantosa que le había programado el sobrino. Le había dicho: “Esto es lo último de lo último, tía” y después había pronunciado un nombre difícil, extranjero. La Novó Cumbián. La máxima sensación en todos los reventones tropicales habidos y por haber. Rupturismo  y perreo. Poesía dislocada y rallador. Y un conjunto por encima de los otros: Sorrentino y los Pancetas. Magdalena abrió la mano y la voz trémula de Éufrates Sorrentino trepó por el aire hasta ella:
La hiciste bien cuando te fuiste:
Me dejaste el avestruz y el alpiste
Pero el avestruz alpiste no come,
Ya me picoteó todos los sillones
Y me vació de escapes el botiquín.
Anoche, al oírlo trotar en el jardín,
De los gladiolos a la garrafa
—la insana carrera sin fin
De esta cruza de pato con jirafa—
Recordé el día que me lo mostraste.
De nuevo el número desconocido. El mismo que antes. Magdalena pensó en don Antonio. Pensó y al mismo tiempo lo vio, para hablar con propiedad. Pensó en don Antonio llamándola desde algún lugar que no era su departamento y lo vio ahí tirado en la vereda, convertido en una pulpa de alguna fruta nauseabunda. Don Antonio cayendo. Sin grito. Magdalena otra vez se olvidó de respirar. Quién sabe: tal vez no se hubiera acordado de volver a hacerlo si eso blando y liviano no le hubiera golpeado en la cabeza un instante después de descubrir a su patrón muerto y requetemuerto en el suelo de esa cuadra de esa calle de esa ciudad. El papel higiénico cayó y rodó un par de metros sobre las baldosas. Todavía quedaba más de la mitad sin desenrollar.
Magdalena siguió con la mirada el papel hacia arriba y se encontró con la mano sosteniendo la otra punta a través la ventana del cuarto piso. ¿Era una mano nomás? No, su dueño no pudo reprimirse: asomó medio cuerpo y miró hacia abajo. El exhibicionismo, los derechos de autoría. A algunos les pica por ahí.
O no. El hombre tenía puesta una careta de oso panda. Saludó a Magdalena con la mano libre y soltó la punta del papel higiénico, que aterrizó sin brusquedad a los pies de la mujer. Después el oso panda hizo bocina con las manos alrededor de la boca agujereada de la careta.
Para mí que a los setenta metros llega tranquilo —exclamó.
Ostras.


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