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16.10.13

"Los que están solteros", de Hernán Panessi y Luis Eduardo Rodríguez Castiblanco



Los que están solteros
Texto: Hernán Panessi / Imagen: Luis Eduardo Rodríguez Castiblanco

A Matías lo había dejado la novia. Bueno, a mí también la mía. Situación triste si las hay. Matías es mi mejor amigo y estábamos solteros. Fue durante el verano de 2011 y nos preocupaba mucho ponerla. Por aquel entonces, en un runrún de galanes improbables, terminábamos comiendo siempre dos porciones de pizza en el Kentucky de Corrientes al 1300. Después, rematábamos la faena con un cuarto de helado de Cadore. En la cabeza teníamos una sola cosa: conseguir chicas. Pero también era cierto que a ese ritmo de calorías, no íbamos a buen puerto. ¿Qué más podíamos hacer? Ya nos habíamos ido de vacaciones, anotado (y dejado) el gimnasio, presentado minas entre sí, llorado despechadamente, tenido éxito algunas veces y golpeado el ego muchas más. Entonces, un sábado a la noche, impulsados por vaya a saber qué cuento –quizás, por el de hacer de todo en esta vida- nos metimos a un cine porno. Y el porno, sabemos, es lujuria y también tristeza. Lo tenía todo. ¿El lugar? El Cine ABC, sobre Esmeralda, en pleno centro porteño. Entramos rápido, con culpa, como pagando un plato que no íbamos a romper. La experiencia nos costó 25 pesos. Hasta ese momento ninguno tenía referencia de lo que podía llegar a ser un cine porno. Bajamos unas escaleras, que eran interminables. Todo estaba oscuro. Para vencer el misterio y corretear con la realidad, el comentario fue: “Cortan ticket de INCAA, ¿viste?”. Un ínfimo halo de luz iluminó el pasillo y vimos que eran tres las salas. “Pueden entrar a cualquiera”, nos advirtió una voz con acento española. Por azar nos metimos a la que estaba más a mano, aunque queríamos conocer las tres. Porque ¿en qué otro lugar del mundo uno tiene la libertad de entrar a una y meterse en la de al lado sin problemas? Era menester conocerlas a todas.
Matías y yo nos sentamos casi pegados a la pantalla y vimos cómo un negro de proporciones monstruosas destripaba a una rubiecita. La sala estaba desierta. Hasta ahí, todo estaba más o menos bien. Excepto porque estábamos sentados en un piso de cemento mojado y no nos quedaba otra que apoyar el culo ahí: en esa sala no había butacas. Vamos de nuevo: el plan era “conseguir chicas”, y para eso teníamos que estar facheros. Fuimos con nuestras bermudas más mononas. Sujetos al pensamiento del “nos quedamos 15 minutos y después la contamos”, la atención nos duró unos segundos y salimos. Entramos rápido en la sala vecina. Ahí sí había butacas. Nos sentamos en la anteúltima fila, al lado del pasillo. Ya nos habíamos puesto de acuerdo: si pasaba algo que no nos gustara, rajábamos. La sala estaba vacía. O al menos eso era lo que creíamos. Un proyector imprimía sobre la pared -sí, no había pantalla- una granada de fotones. Cinco chicas masturbaban a otra en una orgía lésbica. Era un film de squirting. Las cascaritas de pintura se desprendían de los cuerpos de esas chicas. Las cascaritas de pintura se desprendían también de las otras tres paredes. Respirábamos humedad. Pensábamos que no había nadie en la sala pero allá, entre las butacas, una travesti morocha con marcados rasgos masculinos se dio vuelta y nos guiñó un ojo. Quedamos perplejos. Segundos después, desde la última fila, un señor de unos setenta y pico se apoyaba sobre el respaldo de nuestra fila para observarnos. No miento: parecía un Sarmiento en los billetes de 50 pesos. A diferencia de la travesti, este sí nos miraba amenazante, deseoso y babeante. ¡Un momento! (Y acá la inocencia se corre hacia límites insospechados.) No sólo no había chicas sino que era un lugar de levante border. Voy 612 palabras y todavía no dije qué define al lugar: sordidez. La mirada del viejo clavada en ambas nucas y la presencia de otro hombre que iba y venía nos persiguió. “¡Vámonos de acá!”. Pero quedaba una sala, la última, a la que se accedía por un túnel. Apurados, nos asomamos y vimos a una maraña de tipos desnudos, tocándose y cogiéndose, amalgamados. Mientras, en la ficción, un hombre sometía con un látigo a otro. Escapamos.
El ABC no era lo que esperábamos. Y cuando se habían cumplido los 15 minutos de aventura, no hubo ni chicas ni masturbaciones. Pero nos dimos cuenta de algo, y ahí no fuimos ilusos ni imaginativos: nuestro nivel de incogibilidad había crecido un poco más. Aún así, seguimos poniéndole el pecho a la soltería. Y el pito a alguna que otra desprevenida.

 

7.8.13

"Esperar el dolor", de Clara Anich

Nuestra editora y su crónica sobre las migrañas, en revista Anfibia, haciendo clic acá.


26.4.13

Fuera de eje, de Florencia Goldsman y Viviana Brass



Fuera de eje

Texto: Florencia Goldsman / Imagen: Viviana Brass

 

No me convertí en una neo Ghandi pero afirmo: los últimos años aprendí a compartir. Estoy segura de que viajar dos años me ayudó a romper un cascarón duro y citadino. Ahora el ejercicio de resumir un aprendizaje y encuadrarlo en algunos párrafos se me escapa entre los tip-taps del teclado.

En Brasil viví los mejores cuatro meses de mi vida. Lejos de las zungas flúo, sin tantas caipirinhas ni demasiadas sumergidas en el mar como me hubiese gustado. Rankean como los mejores tiempos sin temor de exagerar ni de que me miren de reojo. Viajar te empuja fuera de la apretada viñeta en la que nos encierran los preconceptos. Obligada a tratar con desconocidos y a sobrevivir bajo nuevos significados 24 x 7, los prejuicios se reducen a hormigas.

Vivir en casas colectivas donde el salario y el armario se comparte, junto con el trabajo, la comida y los recitales desafió mi horizonte. Las agarraderas de las cosas que nos propone la vida en las grandes ciudades se desdibujan en un esfuerzo no apto para todo el mundo.

Tuve la enorme fortuna (simbólica porque mi capital de viaje siempre fue un promedio de 300 dólares en un bolsillo de la mochila) de cruzarme con el colectivo Fora Do Eixo, la red cultural más grande de Brasil en el presente.

Gracias a este encuentro redescubrí mi amor por la música, experimenté la vida en una comunidad híper tecnológica, y me sumergí en ambientes en los cuales el diálogo es una gimnasia diaria. Reaprender a que hay que disputar las propias pautas con los otros. Trabajar a través del diálogo en proponer la agenda que nos quema, nos conmueve, nos quita el sueño. Correr el eje de la discusión, de la vida y encontrar nuevos sueños compartidos es la matriz de esta red “fuera del eje”.

Una de las formas que encuentro para representar el espíritu de red en la que viví es la frase “Vamos a trocar uma idea” cuando se proponen abiertos al intercambio de pensamientos. Se trata de una de las formas más comunes de escuchar qué buscan los demás. Esto implica que no sólo la persona A le cuenta algo al individuo B. Compromete un intercambio por igual, una escucha mínima, una transformación a través de la palabra. A habla con B y después decidirán si hacen AB o BA o BAC, o si siguen caminos separados. Momento único y elemental de la humanidad que parece anulado en la ciudad a la que llegué.


Drogas en pastillas musicales

La red Fora do Eixo me proveyó de la droga para mí más peligrosa: el acceso libre y gratuito a música brasilera en casi todas sus formas y en grandes dosis de formatos independientes.
Las casas colectivas en las que viví están estructuradas a partir de festivales y shows de rock organizados por grupos de jóvenes que viven juntos y comparten el trabajo.
Estos formatos espontáneos de casas culturales se fueron multiplicando de ciudad en ciudad en Brasil y atrajeron cada vez a más jóvenes. Al tiempo se fueron sumando más artes hasta formar una propuesta integral: jornadas de shows de bandas independientes, presentaciones de teatro, intervenciones audiovisuales y talleres de formación libre. La clave: que el evento cultural tenga lugar, que los vecinos participen, crear un espacio para transformar nuestros días a través de la cultura.

Temor a ya no tener (cosas)

Otro gran apartado merece la propuesta de economía solidaria que propone esta red. ¿Nos animamos a que nuestra casa no sea sólo nuestra, sino que tenga las puertas abiertas? ¿Aceptamos dejar de cobrar nuestro salario en dinero y cambiarlo por los servicios básicos que necesitamos para vivir? ¿Nos animamos a ponerle precio a las experiencias culturales? ¿Cuánto pagaríamos por un show de la banda que nos gusta si nadie le pone precio? ¿Podemos compartir nuestro conocimiento gratuitamente y recibir el de los demás?

Por fin: de cara a una nueva vida, con todas las herramientas a mano y sin caminos trazados para seguir ¿quién se sube al viaje?


Volver es para súper heroínas

Intento revisitar mi ciudad como turista, como si fuera ajena a esta realidad. Tan difícil como escribir esta crónica de viaje. Para contrarrestar sensaciones que no sé manejar, me propongo no pensarme con residencia fija en Buenos Aires. Los viajes nos ponen en estado de excepción. ¿Qué pasa cuando el viaje no es una vacación de un par de semanas? ¿Qué sucede cuando el viaje es la propia vida: habitar espacios nuevos, tener que hablar un idioma ajeno, ser la extranjera siempre?

Hoy mi percepción se ocupa de cosas que para otros son básicas. En mi caso redescubro cómo es volver a dormir en una habitación para mí sola, las diferencias con mi última morada en donde dormía con cuatro personas más (no en la misma cama). El cuello se me abigarra al escuchar a una amiga “a punto de agarrar el primer trabajo que aparezca” (mi humilde descubrimiento viajero es el de animarme a apostar por lo que me gusta con tiempo. Darme esa oportunidad).

Imposible es hoy para mí volver a los anteojos que usaba hasta hace dos años y que me proponían la Argentina como puerto unívoco. Me cuesta escribir este texto, ordenar los pensamientos, desencadenarme del desánimo que proponen los seres de mi ciudad. ¿Por qué si afuera los días fluían como una aventura fluida, acá una piña virtual y constante me hunde el pecho?

Mañana voy a salir a andar en bici e intentaré limitarme a percibir. Sólo sentir eso que no sé expresar. Qué tiene esta ciudad para los que siempre la habitamos. Qué duele y qué da placer en el habitarla.


Preguntas siempre abiertas

Busco casa a compartir pues así viví los últimos años. Con puertas abiertas y la facilidad de poner un plato más en la mesa o tirar un colchón en el suelo para que alguien más se quede. ¿Se puede viajar toda la vida? me preguntan. Me provocan. Ignoro la respuesta pero la sensación es no querer que termine.

Qué es lo que sucede al encontrarse a la familia, a los amigos de siempre. En mi ciudad las personas tienen poco tiempo. Quiero ver si la liviandad de estar viajando se puede importar de un país al otro. Si la solidaridad y la buena disposición de estar de paso se puede mantener in situ. Intento descubrir qué hace que las personas se queden aquí. ¿Qué eligen? Detrás de las quejas ¿hay más opciones? ¿Entre qué caminos se debaten? ¿La gente se pregunta si puede escoger otra vida? Escruto en lo que veo para entender lo que no tiene razones.

También supongo que hay muchas personas que comparten mi estado. El de poder desarmar, vender, dejar, mudar y lanzarse a la vida desconocida. Intento ubicarlas con mi brújula humana. La red de redes con la que estoy contactada me facilita ubicar a las personas en ese estado latente. Es más fácil percibirlas: están sensibles a compartir con los demás (y muchas veces con desconocidxs).

En la Argentina es un lugar común la promesa “el año que viene dejo todo y me voy a vivir a Brasil”. Es una excusa para soñar con una vida a la que nadie se anima. Cada vez más ese latiguillo se repite en mi cabeza. En realidad no sé qué sucederá. Ahora tengo certeza de que cuando uno se decide a viajar y ese viaje compromete un cambio de vida, se desconoce el destino final. Corro el riesgo de no desarmar nunca más mi mochila. Sé que ese simple hecho inestable me pone en conflicto. O más bien en estado de pregunta.

El no echar raíces provoca a muchas personas pero también da muchas respuestas acerca de cuántas vidas es posible vivir.

Ese sano desarraigo también forma parte de la experiencia de compartir.


 

Publicado en Casquivana 5: www.casquivana.com.ar

4.10.12

Cómicos, tiranos y leyendas, de Osvaldo Soriano



Cómicos, tiranos y leyendas, de Osvaldo Soriano
Seix Barral, Buenos Aires, 2012

Difícil trabajo el de Ángel Berlanga, que se ocupó de hacer una selección de artículos de Soriano, inéditos hasta hoy en formato de libro. Difícil porque es mucho lo que el gordo escribió desde la década del ’70 hasta su muerte en 1997, porque cuando uno lo lee piensa qué complicado es dejar tanto material por fuera, porque la risa y la reflexión se hacen una misma cosa en su literatura. Esta compilación, que incluye textos editados en La Opinión, Crisis, Mengano, Humor, El Porteño y Página/12, tiene entrevistas imperdibles, como las que Soriano realizó a César Tiempo y Cortázar, además de algunas de las mejores anécdotas, crónicas y necrológicas del escritor argentino que más ejemplares vendió en su tiempo. Un grande, que sigue siendo tan vigente, ácido y divertido como siempre.

4.11.11

Los otros, de Josefina Licitra

Los otros, de Josefina Licitra
Debate, Buenos Aires, 2011

Josefina Licitra (periodista, La Plata, 1975) presenta una de las mejores crónicas del año, en la que lo más crudo de la realidad pone en jaque el concepto de ficción. La historia que relata nace del conflicto que existe entre un barrio de descendientes de italianos en Lanús, Villa Giardino (o Villa Jardín, o Villa Diamante), y los terrenos ocupados de ACUBA (Asociación de Curtidores de la Provincia de Buenos Aires), divididos por un muro poroso y problemático. Indigencia, delincuencia, asesinatos, cárceles, miedos, expectativas, actualidad socio-económica y paneos históricos se entremezclan para que Licitra indague de manera antropológica en el sur del conurbano bonaerense, y extraiga de todo eso una serie de historias de vida que resultan tan incómodas como emocionantes.