Mostrando entradas con la etiqueta Petre. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Petre. Mostrar todas las entradas

22.10.13

"La Fiesta", de Tomás Downey y Horacio Petre




La Fiesta
Texto: Tomás Downey / Imagen: Horacio Petre

Salgo del baño. Acabo de largar un vómito negro y espeso en el bidet mientras José y Lucho se bañaban juntos. Creo que se estaban haciendo la paja el uno al otro pero puede que me lo haya imaginado. Las cosas suceden como a kilómetros de distancia y me llegan con delay. Es como si todo esto pudiera estar pasando. O no.
Cuando entro al comedor veo que un grupo de pibes a los que les veo cara conocida juegan con el ventilador. Uno se cuelga de las aspas y el otro lo prende. El motor arranca, da media vuelta y el que estaba colgado cae al piso llevándose consigo un pedazo de techo. Los cables disparan un par de chispazos y se corta la luz y con ella la música. Antes de que el caído atine a sacarse el ventilador de encima ya tiene a cuatro flacos disfrazados de superhéroes pateándole la cabeza. Recién aflojan cuando el que tiene el trajecito de Batman le aplasta su borcego en medio de la cara. Parece que lo mataron, o casi. Pero enseguida alguien levanta la térmica, la música empieza a explotar de nuevo y todos se olvidan.

Me recuesto en un rincón y cuando abro los ojos es de día y hay mucha más gente que antes. El comedor está lleno. A la mayoría no los conozco. Atravieso el pasillo llevándome puestos a todos los que se cruzan por mi camino. Entro a mi cuarto. Hay tres chicas sentadas en la cama y dos pibes en el piso. Están hablando. Me quedo en la puerta y escucho. Una de las chicas dice que a Kurt Cobain lo mató la CIA porque había descubierto el lado B del american way of life y se lo estaba mostrando a toda una generación. Uno de los chicos, un rubio de pelo largo, asiente.
-Obvio -dice el muy boludo. Y sacude la melena como si estuviera en una publicidad de shampoo.
Entro y empiezo a revisar los cajones. Sé que ayer, o quizás hace más -¿hace cuánto están todos acá?-, dejé algo de porro en algún lado. Las chicas me miran, les sonrío a las tres.
-¿Alguien tiene un faso? -pregunto.
Nadie dice nada.
-Es mi casa. Yo vivo acá… -insisto.
Se miran entre sí. El rubio asiente.
-Yo tengo -dice. Y lo saca del bolsillo. Lo prende y después de darle unas pitadas se lo pasa a una de las chicas. Esa se lo de a la de su derecha. Y así. Golpeteo el piso con impaciencia. Siguen diciendo estupideces.
-Con Lennon lo mismo -dice uno de los pibes. Y los cinco asienten con solemnidad. De repente uno estornuda y todos se empiezan a reír. No tengo la menor idea de qué.
Cuando el porro me llega está por la mitad. Lo agarro y salgo del cuarto. Escucho que me llaman, pero también escucho a mamá llorando y no hago nada.

Me lo fumo en la cocina mientras como un pedazo de pan que encontré en el piso, detrás del tacho de basura. Cuando se me termina prendo un cigarrillo y enseguida me dan ganas de cagar.
Entro al baño. Hay un pibe durmiendo en el piso. Me siento en el inodoro y lo miro. Es pelirrojo. Es el primer pelirrojo que conozco en mi vida y por eso, supongo, me cae simpático. De repente entra otro. Lo sigue una chica. A mí me da un poco de pudor, pero a esta altura no puedo parar. El que acaba de entrar -creo que va al colegio- agarra al que está en el piso y le empieza a pegar en la cara con el puño cerrado. El colorado no reacciona. La chica le grita que pare y le pega trompaditas en la espalda.
-Che, aflojá -le digo. El pelirrojo, ahora, es mi amigo.
Como no me escucha me subo los pantalones, me paro y lo empujo. Cae de culo. Lo empiezo a patear hacia fuera del baño y cuando ya tiene medio cuerpo afuera me ayudo con la puerta. El boludo trata de poner una mano pero le cierro la hoja sobre los dedos y escucho un crujido extraño. Supongo que es el sonido de sus huesos quebrándose. El ruido me vibra en la cabeza y por un segundo me quedo quieto, escuchando. Cuando se apaga quiero oírlo de vuelta pero cuando miro hacia abajo veo que ya sacó la mano y se arrastra hacia atrás por el pasillo. Cierro y pongo la traba. Me saco toda la ropa (no me cambio hace días y todo huele a suma de excreciones fermentadas) y la dejo en el bidet.
Cuando termino de cagar me limpio el culo y me pongo mi bata de toalla azul francia. Después de lavarme las manos me aseguro de que el colorado esté bien. Cuando lo sopapeo abre un ojo -el otro lo tiene negro e hinchado- y me mira. Levanta apenas la cabeza, asiente y la vuelve a apoyar en el piso. Pero el ojo queda abierto. Lo palmeo en el hombro y salgo.

Al final del pasillo veo la puerta. Quiero agarrar para el otro lado, ir para el comedor. Pero algo me arrastra y camino despacio, poniendo un pie delante del otro como si jugara al pan y queso.
Me arrodillo sobre el parquet y acerco el ojo a la cerradura. La veo exacta, centrada en el contorno. Está sentada en la cama, bien derechita, mirando la pared con los ojos muertos. La cara de cautiva le sienta perfecto. Ahí dentro tiene total libertad para jugar su papel de virtuosa. Mamá, la sacrificada, la víctima.
Cuando le pedí que se fuera, que me dejara la casa por una noche para hacer la fiesta, se encerró sola en el cuarto y me pasó la llave por debajo de la puerta. Cuando le abrí y le pedí que no fuera tan dramática se arrodilló, extendió las muñecas y me dijo que si quería podía atarla.
Apoyo las manos sobre la puerta y susurro tan bajo que no me escucho ni yo mismo:
-Ya sé lo que estás pensando, siempre sé lo que vas a decir. Y sí, es un gesto vacío. Y sí, somos un montón de estúpidos. Borrachos, totalmente descontrolados. ¿Cuál es el problema con eso? Tanta energía desperdiciada en quejarte… Si es todo lo mismo, ma. Si el mundo se viene cayendo a pedazos desde que es mundo. Lo importante es hacer algo. Cualquier cosa. Y yo al menos me animo, ¿no? Eso debería valer algo. Yo no quería esto, mami. Pero ahora es tarde para todo.
Cuando me levanto me duelen las rodillas. Apoyo la frente en la hoja de madera y respiro hondo. Cuando vuelvo al comedor alguien me pasa una botella de cerveza y todo empieza de nuevo.
De repente es de noche. No sé cuántos días pasaron. Quiero salir. Necesito moverme. Agarro una botella de vodka de la mesa y me acerco al sillón. Derramo el alcohol sobre los almohadones. Todos me miran. Alguien corta la música.
Levanto una mano, todos me miran en silencio con los ojos brillosos. La bajo con gesto teatral y todos empiezan a gritar.
Y le prendo fuego a todo.

Los vidrios estallan y el departamento se vacía. Bajamos juntos, corriendo por las escaleras. Algunos se ríen, otros lloran de miedo. Una chica se tropieza y otras dos, que van de la mano, la pasan por encima. La que cayó rueda por los escalones y cuando llega al rellano se levanta y se acomoda la ropa. Tiene la muñeca derecha totalmente doblada hacia atrás. Se la mira como hipnotizada, con los ojos muy abiertos, y cuando paso por al lado me la muestra. Le sonrío y seguimos corriendo hacia abajo.
Cuando llegamos a la calle la gente se empieza a amontonar. El fuego arde en el último piso y el edificio parece un fósforo gigante.
Enseguida el incendio empieza a esparcirse en todas direcciones. Nosotros gritamos cada vez más fuerte y pareciera que el sonido de nuestras voces alimentan las llamas. El cielo se ilumina y todo se vuelve naranja. Veo a un grupo de pibes que estrellan un tacho de basura contra una vidriera. Otros saltan arriba de un auto. Tres chicas corren desnudas por la calle, gritan a coro:
-¡Revolución sexual, mi cuerpo es mío y de nadie más!
Saco la llavecita del cuarto de mamá del bolsillo de mi bata y me quedo mirándola. Un grupito de unas diez personas se me acerca.
-¿Y ahora adónde? -me pregunta uno.
Me encojo de hombros. Todos se me quedan mirando.
-Para allá -digo, señalando una esquina al azar.

 

7.5.13

El camino de la siesta, de Nicolás Correa y Horacio Petre



El camino de la siesta
Texto: Nicolás Correa / Imagen: Horacio Petre

I
ahí tus manos
medio agarrando un junco
acá cerca del témpano rígido y naciente
hincando la rodilla en tierra
los pastos pinchan mis muslos
las pantorrillas los brazos
me hacen cosquillas en las pelotas
el viento describe una elipsis de silencio el viento parece que dice cosas y silba como el Chuck cuando viene de pegar cincuenta
el viento se vuelve traicionero
molesta

miro el pequeño mundo
el calor del sol de la siesta me pega en la nuca
miro lejos el camino de la siesta
indefinido
no puedo decirte qué estuvimos haciendo
pongo una mano en tu boca
el calor hace que mi lengua se pegue al paladar
seco
qué llorás callate
los pastos se me meten en el culo
cuando me pongo de cuclillas
huelo el cuerpo
huelo
es una fragancia cargada de miedo
tan violenta que me parece que va a arrasar con el viento y va a despellejarme a quemarme vivo a calcinarme
inhalo ese miedo y me pudre por dentro
envenena la sangre
como un cartón
el padre Juan me preguntó dónde guardaba el amor
qué se yo dónde mierda se guarda el amor
el sol en lo alto
baja siempre apretando mis rodillas contra la tierra

es mi verga
solamente ella delante de mí tu cuerpo
es un lugar hostil lleno de recovecos
qué importa
el sacrificio
se trata de eso nada más encontrar
el espacio donde sangrás
y mandarle mecha
aunque se tensen tus músculos
y retengas mi verga dentro para
que no salga más

yo quiero que te duela
que de la punta de mi pija
salga un lagrimal de sangre
un coágulo
que se explote cuando caiga al pasto
y pierda la gravedad
una coartada para todos estos días
en que no puedo dormir
y el tambor en mi cabeza
tum tum tum tum tum tum

dónde guardas el amor porque en algún lado está escondido
y yo creo que es un alien
que espera el momento indicado


Publicado en Casquivana 5: www.casquivana.com.ar