18.7.13

Ilonka y su funesta obsesión por las repisas, de Dolores Fernández



Ilonka mete repisas en cuanto espacio lo permita, o no. Termina cediendo a la tentación de agregar maderitas entre las repisas originales de todos sus muebles. O en las paredes. Sobre los espejos. Bajo las ventanas. Junto a los sillones. A los sesenta y tres años, viuda y con sus hijos casados, se muda a un departamento acorde a su soledad. Para mitigar un poco el vacío decide llenarlo con las repisas que mudó de su casa de seis ambientes. Quiere colocarlas ella sola. Quiere hacerlo el mismo día que llega, en medio de canastos con recuerdos diezmados. A las tres de la mañana, agotada pero conforme, se echa por fin en el colchón, que todavía no tiene sábanas. Y en el envión no se fija en la repisa que clavó sobre la cabecera de la cama. Demasiado ancha, quizás. (Dolores Fernández)

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17.7.13

"Me vas a abandonar, ya vas a ver", de Guillermo Roz y Pablo Martín



Me vas a abandonar, ya vas a ver
Texto: Guillermo Roz / Imagen: Pablo Martín

La primera se llamaba Julieta y un día la vi subirse a la moto de Alito, su ex novio, mientras un compañero más pelotudo de lo acostumbrado me preguntaba: "¿Pero esa no era tu novia?". Después llegó Érica, quien pocas semanas después de recitarle Garúa, asignándome la autoría en la puerta de un boliche lluvioso, me dejó por un cliente de la farmacia en la que recetaba con gran sensualidad. Paula fue mi gran amor de juventud y mi más prototípico abandono: me dejó por mi mejor amigo. Aunque me quedé con Pamela, la hermana de mi mejor amigo, el tiempo volvió a cachetearme, y ya no quiero acordarme de por quién me dejó. En todos los romances de mi vida, hasta los treinta años, hubo un lema común para el evidente fracaso sentimental: mi obsesión por el abandono, la completa seguridad, casi desde el inicio de cualquier relación, de que cada una de esas chicas tenía planes a futuro con barbas y bigotes que no eran los míos.
Al final de la última relación hice recuento y me pregunté mil veces hasta encontrar una respuesta certera: yo era el creador de aquella obsesión, yo la preparaba con mis manos, yo la cocinaba y yo mismo me la comía. Mi estrategia para que el plan auto-apocalíptico resultase, era referirme constantemente a las bondades de sus ex novios, celarlas hasta límites patológicos y enredarlas en las sogas de los más estúpidos cuestionamientos que nada tenían que ver con el presente que vivíamos, sino con futuros horriblemente inciertos. Pero fue recién el último hostigamiento, el perpetrado a Pamela, el que me hundió en el peor momento de mi vida, porque con treinta años, viviendo en un país extranjero y en una situación económica espantosa, supe a ciencia cierta que mi obsesión amorosa era la clave de todos mis males. Mi suelo se movía porque yo mismo lo serruchaba. Los psicólogos y el vidente, que a esa altura tuve la necesidad de visitar, tenían un discurso común: no te quieren porque no te querés. Tan fácil y tan difícil. Por otro lado comencé a revisitar mi relación con el miedo al abandono y a la soledad, y me percaté de que me había marchado a vivir a un país sin un solo miembro de mi familia, que había elegido la escritura y la lectura como dos fieles perros de la soledad máxima y que para completar el cuadro, elegiría viajar en soledad, lo más lejos posible. Inicié grandes viajes por medio mundo, poniendo a prueba eso que después supe, algunos llaman contrafobia: tirarse del balcón en medio de un ataque de vértigo a las alturas.
Así fue cómo comprobé que el tiempo cura todas las heridas. De a poco fui volviendo a relacionarme con chicas. Noté que fui dejando de fijarme en todos y cada uno de los gestos de ellas, porque me empezaban a interesar los míos. Y que una pareja se construía mirando en una misma dirección, y no el uno constantemente al otro. Paulatinamente, casi sin darme cuenta, me fui haciendo fuerte, me fui resultando un tipo interesante, simplemente me fui empezando a querer.
Algunos años después, caminando por una calle perdida de Bruselas, conocí a una española de ojos azules y ternura infinita, con la que me casé el 1 de marzo de este 2013 y que me ha dado la joya que todo lo salva: mi Gael, de dos años y medio.
Aún hoy, después de haber alcanzado una vida normalizada y feliz, me pregunto qué pasaría si me abandonasen. Los puñales viejos nunca dejan de afilarse adentro de uno. Sin embargo, ante las apariciones de aquellos miedos, ahora elijo cambiar-me de tema, acariciar a mi hijo, besar a mi mujer sin preguntarle nada.


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16.7.13

"Un ferroviario", de María Inés Krimer y José Villamayor



Un ferroviario

Texto: María Inés Krimer / Imagen: José Villamayor



Plaza de Mayo. Acto por la tragedia de Once. Un año atrás un tren de la línea Sarmiento impactó contra el andén, dejando cincuenta y un muertos y setecientos heridos. Las víctimas estaban en el primer y segundo vagón. Miro las caras crispadas de los familiares. Carteles con los nombres se recortan en el cielo plomizo. Remeras blancas con las caras estampadas. Discursos. Unas horas antes habían prendido velas. Rosas rojas caen sobre las vías.

Papá, a los dieciséis, entró a trabajar en el Urquiza. Aprendió inglés a la fuerza porque su jefe, el míster, siempre estaba borracho. "Papá, contame de la primera locomotora", le pedía yo cuando salíamos a caminar: "Se llamaba La Porteña pero fue construida en la India, de ahí la mandaron a Crimea y luego al sitio de Sebastopol. Al final se la devolvieron a los ingleses y la compramos nosotros. Iba de Plaza Lavalle hasta Flores".

Su obsesión era el ferrocarril. Papá no hablaba de otra cosa. Una vez fuimos a la estación. Me agarró de la mano y caminamos por la vía, dando pasos largos para alcanzar los durmientes. De pronto sentimos un ruido y me obligó a saltar a la plataforma. Papá saludó al conductor de la locomotora apoyando los dedos en la frente y el conductor le hizo la venia. Yo no me atrevía a decir una palabra. Después fuimos a su oficina y consultó una planilla.

Qué raro –dijo–. Venía atrasado.

Años después, cuando él ya había muerto, mientras levantaba su casa encontré unas carpetas azules escritas con su letra prolija. Tomé una y leí: "Huelga de 1961. Se denuncia el pago de ochocientos pesos a los maquinistas para hacer de krumiros".

Esa obsesión lo perseguía. Cuando encendía un Chesterfield yo le decía: "Parecés una locomotora," y él me seguía el juego: "¿Stephenson o Garratt?". Las Garratt eran dos máquinas que se acoplaban una con otra, culo con culo, para tirar con más fuerza.

En 1983 empezó con las cartas de denuncia, dirigidas a la sección de Lectores del diario de Paraná. Una estaba titulada "Que se sinceren los costos, que se diga la verdad", y en un párrafo decía: "A los ferrocarriles los devoraron los transportistas de carga. Mientras los americanos nos inundan con autos y camiones, las empresas ganan con la falta de inversión". Se preguntaba: "¿Qué va a pasar con los pueblos, con la gente?". Encontré el recorte en una de las carpetas.

El sindicato publicó una solicitada denunciando que fabricar un tren de carga costaba lo mismo que cincuenta camiones, y que un tren de ocho vagones valía lo mismo que setenta y cuatro colectivos. Papá lo firmo como secretario general. Dos meses después le notificaron el despido. Mientras seguía con las carpetas, me parecía escucharlo discutir con sus compañeros de oficina, donde se hablaba de privatizar y de que los ferrocarriles eran el cáncer del país. "Los dejan caer para después regalarlos", decía papá, y seguía anotando… "Se clausuraron treinta y siete mil kilómetros de vías, novecientas estaciones y se dieron de baja a sesenta mil agentes".

En la última escribió: "En poco más de tres años, el ferrocarril pasó a manos privadas. Contratistas y cargadores, que durante años se beneficiaron con las tarifas subsidiadas, lo compraron barato, pagando con bonos de la deuda".

Ahora, el acto está por terminar. Los familiares bajan los carteles, empiezan a dispersarse. Miro las espaldas blancas y pienso en lo que dijo el Secretario de Transporte: "Nuestra obsesión es mejorar los ferrocarriles". Y en las rosas rojas, que han empezado a marchitarse sobre las vías.


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15.7.13

"Creía ser obsesivo, hasta que lo conocí a Justo", de Conrado Geiger y Alexis Stamboulis



Creía ser obsesivo, hasta que lo conocí a Justo

Texto: Conrado Geiger / Imagen: Alexis Stamboulis



Ese viernes, como todos los viernes a las seis y media de la tarde, entré al bar y me senté en la barra. Le hice un gesto a Calixto, el barman, y se puso a prepararme mi piña colada. Con elegancia me sirvió mi vaso y me acercó un platito con cubitos de queso.

Un tipo vestido de traje se sentó al lado. Sacó unos pañitos húmedos desinfectantes y los pasó prolijamente por el estaño. Calixto, se ve que lo conocía, le acercó un vaso vacío. El tipo lo limpió con otro pañito, lo dejó sobre la barra y se limpió las manos con alcohol en gel. Calixto le llenó el vaso con cerveza.

Me quedé mirándolo. Él giró su cabeza y nuestras miradas se cruzaron. Me sacó una pelusita que tenía en el hombro y mirándome directamente a los ojos, guardando distancia, sin pestañear y sin dejar de clavar su mirada en la mía me dijo:

- Obsesión. Obsesión, le dicen.

- ¿Obsesión? –pregunté

- Sí, obsesión. Proviene del latín obsessĭo, que significa asedio.

- Ajá –respondí acodado en la barra. Tomé un sorbo de mi piña colada y susurré como meditando:

- …asedio…

- Es una perturbación anímica producida por una idea fija. Una idea fija que con tenaz persistencia asalta la mente. Bacilos. Pestes. Contagios.

- Comprendo –sacudí levemente el vaso haciendo girar los cubitos de hielo–. Debe ser terrible…

- Usted sabe de lo que le hablo. La obsesión tiene muchas caras. Esta sensación, llámelo pensamiento, sentimiento o tendencia, aparece y se queda, a pesar de estar en desacuerdo con el pensamiento consciente de uno. No importa cuántos esfuerzos uno haga, la idea persiste.

Así fue como lo conocí a Justo. Viernes a viernes nos cruzábamos en la barra del bar de Calixto. Así fui conociendo su vasto y prolijo mundo. Sus manías: la limpieza, el orden y su gordura.

Cada viernes estaba haciendo una dieta distinta. Recuerdo especialmente la de la NASA. Me mostró un listado de lo que supuestamente comía un astronauta por un mes, día a día, comida a comida, establecido con precisiones como “un bife de 200 gramos, un rollito de jamón y una cucharada de ricota”.

- Esta dieta es maravillosa –me dijo–. Si usted la respeta, puede lucir en un mes un cuerpo como el de Neil Armstrong.

Me quedé pensando cómo sería el cuerpo de Armstrong. Yo nunca supe si era gordo o no, porque en todas las fotos aparecía vestido de astronauta.

De todos modos, la dieta fue reemplazada por otra que fue encarada con el mismo rigor y el mismo entusiasmo.

Viernes a viernes nos cruzábamos. Siempre nos tratamos de usted, pero fue naciendo algo parecido a una amistad.

Una sola vez fui a su casa. Bajé del ascensor, toqué el timbre. Él abrió, me hizo pasar y me sentó en una banqueta que estaba junto a la puerta a la vez que me alcanzaba una bolsita con unas galochas descartables para ponerme sobre los zapatos. Ése era Justo.

Jamás olvidaré su toilette. El estante con las toallas y toallones acomodados en rollitos perfectos, ordenados por una precisa escala cromática. Cuando le hice un comentario al respecto me preguntó:

- ¿Usted dónde pone las prendas magenta? Nunca me decido si ponerlas con los rojos o con los tonos pastel.





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