23.2.13
La fiesta del piberío literario
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22.2.13
Álbum de familia, de Clara Anich y Sol Bottaro
Texto: Clara Anich / Imagen: Sol Bottaro
Mi padre
reconoció a su padre en un libro de fotografías y fue como verse a él mismo. La
cara ancha, los cachetes, el pelo rubio.
La foto
mostraba a un chico de dos años sentado a la mesa, comiendo una mezcla de algo,
cuchara en mano. Mirando a la cámara con el entrecejo fruncido.
Aunque lo que
no reconoció enseguida fue el epígrafe: Hohenhorst,
Alemania. Niño nacido en una casa Lebersborn, decía.
Estábamos
hojeando un libro recién comprado, sentados en el sillón de su departamento.
Teníamos esa costumbre, si uno compraba un libro que pensaba que al otro podía
gustarle lo llevaba –él a mi casa o yo a la suya– para mirarlo juntos.
Nos quedamos
en silencio.
–Es el
abuelo, dijo mi padre.
–¿Leíste?,
respondí.
Cuando lo vi
bajar la cabeza supe que, antes o después de la pregunta, mi padre había leído.
–¿Querés un
café?, fue todo lo que pude decirle.
Sin responder
vi cómo se metía en el baño, supe que estaba llorando y supe también que iba a
darse un tiempo para salir con la cara lavada.
Puse el agua
a calentar y preparé las tazas. A mí sí me iba a venir bien. Volví al living y
me senté a mirar la fotografía. El chico nos escrutaba. Era exactamente igual a
mi padre. Y yo también me parecía.
Dejé pasar
unos minutos y cuando oí el ruido del agua en la pava, me acerqué a la puerta
del baño. Por un momento pensé que quizá sólo era parecido, pero sabía que mi
abuelo había nacido en ese pueblo, y creo que como mi padre siempre supe que
había algo que no conocíamos de su historia.
Golpeé la
puerta:
–¿Querés que
me vaya?
Quizá quería
estar sólo. Reencontrarse. Pensar.
–Ya salgo,
dijo y oí correr el agua del lavatorio.
Terminé de
preparar los cafés y mi padre estaba otra vez sentado, apoyando el libro sobre
las piernas. Se miraba. Creo que nos miraba a todos. Había abierto también, un
libro de fotos familiares. Viejas, recuperadas.
En una de las
fotografías del álbum, una mujer joven alzaba a un chico en brazos. Ella
sonreía, el bebé era el mismo del libro. En el revés de la foto podía leerse: Ihre ´43. Me gustaría saber a quién se
la dedicaba, a quién le pertenecía el tuya.
–No puedo
creer que esto aparezca ahora, dijo.
Mi abuelo
había muerto hacía seis meses y ya no había otro familiar a quién pudiéramos
preguntarle.
Lo único que
mi padre conocía de su padre, la historia que siempre se había contado en la
familia, era que su madre lo había criado sola y que su padre había sido un
joven soldado que murió en el campo de batalla. Pero en realidad, cuánto supo
mi abuelo de su propia historia, y quién y qué es lo que se había ocultado,
jamás íbamos a conocerlo nosotros. Si su madre le había contado que él no era
hijo de un joven soldado sino de un oficial de la SS, que había sido engendrado
para convertirse en una próxima generación de elite de niños rubios y, que
ella, como muchas otras mujeres, para ser aceptadas dentro de Lebersborn, había
tenido que jurar lealtad al nazismo, no íbamos a saberlo nunca. Si ella tuvo
que vivir después la humillación de la cabeza rapada y los paseos por la
ciudad; y cuándo decidió escapar junto con su hijo, tampoco.
Con mi padre
pasamos las hojas del libro buscando alguna otra foto con su cara. La de su
padre o su abuela. No encontramos ninguna.
Mi padre se levantó y llevó las tazas vacías a
la cocina. Yo lo seguí. Las dejó en la pileta.
–¿Querés que
te alcance con el auto hasta tu casa?, me dijo.
–Dale.
Lo vi cansado
y entendí que ahora sí necesitaba quedarse solo.
Al salir del
departamento, volví a mirar la mesa baja del living. Habíamos dejado el libro
abierto en la foto de mi abuelo. Supuse que ninguno de los dos podía cerrarlo
todavía.
Publicado en Casquivana 5, www.casquivana.com.ar
"África", de Marcelo Filzmoser
"África",
de Marcelo Filzmoser
Luciana
De Mello
El fin de la infancia puede llegar
como una acumulación de experiencias de corte y de descubrimiento, sin embargo
siempre hay un momento –tal vez segundos– que queda registrado en la memoria
como la indeleble foto de un final. En "África", Marcelo Filzmoser
construye esa escena iniciática, en la que un niño percibe en el cuerpo ese
mundo adulto que finalmente lo ha alcanzado. Con un lenguaje tan efectivo como
lírico, el cuento hace cuadro en la conversación de un padre con su hijo, una última
charla donde la explicación entre la diferencia de qué es ser bueno y qué ser
malo va tomando la forma de parábola para una despedida. La trama se va
construyendo y dividiendo entre líneas, mientras la conversación ocurre y el
hijo se repliega en recuerdos que pronto cobrarán un nuevo sentido. No hay
manera de que un relato del padre no nos lleve a alguna de las formas de la
muerte, y en África se concentran estos temas desde una mirada candorosa sobre
la debilidad y la franqueza.
Descargá gratis la "Antología Cuento Digital Itaú
2012", organizada por el Grupo Alejandría, desde http://www.fundacionitau.com.ar/wp-content/uploads/downloads/2012/12/antologia_itau_escritores1.pdf
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21.2.13
Marisa Do Brito: crisis de identidad #10
Uno de
los efectos secundarios de la orfandad es el Alzheimer repentino, es caer por
el pozo negro de la memoria. Al morir tus viejos, perdés los nombres de los
vecinos, de las maestras de la primaria, el modo en el que se enhebraba la caña
de pescar, confundís tu primera palabra con la de tu hermano, el final del
chiste que te contaron tantas veces.
Cuando fallecen tus viejos se rompe el hilván del relato que narraba tu
infancia. (Marisa do Brito Barrote)
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20.2.13
"La hija", de Cecilia Ferreiroa
"La
hija", de Cecilia Ferreiroa
Ginés
Cutillas
¿Cuántas veces se nos ha sentado un viajero al lado
en un autobús con más peso del que lleva en sus maletas? ¿Cuántas veces hemos
mirado el reloj calculando el tiempo que nos queda para llegar al destino y desembarazarnos
de la tediosa labor de escuchar historias que no llevan a ninguna parte?
Seguramente, en ninguna de esas ocasiones se nos
sentó un personaje tan interesante como la compañera de viaje que nos propone
Cecilia Ferreiroa.
En esa extraña complicidad que se crean en las
travesías largas, en el que los implicados saben que nunca más se volverán a
ver, se abre la puerta del confesionario y el peso de los secretos que todos
llevamos a cuestas se apoyan por espacio de unas horas en un perfecto desconocido.
La autora utiliza la compañera que se sienta al lado como blanco de las
miserias del que habla, pero realmente somos nosotros, los lectores, quienes
estamos escuchando al otro lado del papel, y lo mejor de todo, no sólo no nos
molesta sino que además queremos saber más, queremos saber como acaba la
historia y deseamos que la parada, donde alguna de las dos tenga que bajar y
desaparecer para siempre de nuestras vidas, se atrase todo lo que pueda.
El viaje, al fin y al cabo, es lo de menos.
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19.2.13
Félix Chiaramonte: crisis de identidad #9
La
identidad no existe. Lo supe desde que pasaba delante de esa puerta llena de
espejos que fragmentaban mi imagen adolescente como si pudiera dividirme en
cuadraditos. Frente a ese paisaje multiplicado y a una historia que siempre es
diferente, jamás pude entender cómo una persona puede creerse igual a sí misma.
Hace unos días encontré una puerta muy similar, un viejo sabio la abrió, y algo
nuevo quedó resonando. (Félix Chiaramonte)
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